La carretera
Hacía un buen rato que esperaba en la carretera a que un coche me recogiera. La vida de un mochilero tiene estas cosas. A veces tienes la suerte de que te coja el primero y otras te toca esperar horas y horas. Al final paró un Audi de gama alta. Un A8 gris oscuro nuevecito. El conductor, un hombre de mediana edad con camisa y corbata de marca, bajó la ventanilla del acompañante y, sin preguntarme hacia donde me dirigía, me invitó a subir. Dudé unos instantes. Lo habitual es que me monte en otro tipo de vehículos digamos más populares. Pero como el tipo parecía buena gente, no sospeché nada, metí la mochila en la parte de atrás y me acomodé delante. Nos pusimos a charlar y enseguida nos dimos cuenta de que éramos el reverso del otro. Si yo estaba soltero, él casado y con dos hijos; si él era un directivo de una gran multinacional, yo un aventurero sin oficio ni beneficio; si yo había abandonado la universidad antes de acabar el segundo año, él tenía una colección de másters que cubría una pared entera del despacho; si él no tenía tiempo para casi nada, a mí me sobraba a espuertas; si yo huía, él regresaba...
En estas, paramos en una gasolinera a repostar y con la excusa de que se sentía cansado (me dijo que llevaba desde el día anterior al volante), me preguntó si no me importaría conducir mientras él echaba una cabezadita. Le dije que no había problema, claro. No me dio indicaciones pero, por alguna extraña razón, tomé la carretera con la seguridad de quién sabe hacia dónde dirigirse, aunque el destino sea incierto. Un par de horas y cientos de kilómetros después se despertó y oteando el horizonte me indicó que parara en el siguiente cruce, donde se bajó, cargó con mi mochila y se despidió agradecido sin darme tiempo a reaccionar.
Un tanto perplejo, lo vi haciendo dedo unos metros más allá y luego cómo se subía a una furgoneta vieja camino de no sé dónde. Aún confundido, reanudé la marcha y al poco me llamaron de la oficina para saber si me pasaría, a lo que contesté que no, pues ya se había hecho tarde y había quedado con mi mujer para cenar en un restaurante de moda. Es nuestro décimo aniversario, le dije a mi secretaria antes de colgar y darme cuenta, demasiado tarde, de que la realidad en realidad siempre tiene algo de surrealista.






Mariana la Aldeana dijo
¡Joder!
Me has sorprendido. Muy bien escrito y mejor resuelto, por no hablar de la idea.
Hace tiempo que no leía un texto tan sugerente. Mi enhorabuena... y quitada de toca, que una sombrero no lleva.
Un beso admirativo.
13 Marzo 2009 | 08:50 PM