La casita de muñecas de porcelana
Desde que, un mes atrás y sin previo aviso, mi mujer me abandonó, la existencia se había convertido poco a poco en un deambular sin sentido, una mera fachada de lo que había sido hasta entonces. No lo comprendía, la verdad. Con lo bien que nos iba todo. Ella con sus cosas, su trabajo, sus hobbies, su amante..., y yo con las mías, por supuesto. Y, lo peor es que se fue sin dejar ni una triste nota de despedida. Aún ahora, después de un mes, todavía oigo su cálida voz pronunciando mi nombre cuando me suelo atusar la camisa frente al espejo del tocador y mientras le echo una mirada fugaz a la casita de muñecas de porcelana que le regalé de nuestro primer viaje a París. En fin. La vida tiene estas cosas y otras peores, ¿no?
El caso es que esta mañana me ha ocurrido algo todavía más insólito, si cabe. Recíen salido de la ducha, al secarme con la toalla, he notado a la altura de la cintura que la piel se cuarteaba como un pergamino viejo. De manera institiva, me he curvado hacia adelante para ver cómo una grieta anatómica que comenzaba por el ombligo, a poco que estiraba, se iba extendiendo en paralelo sin mucho esfuerzo de manera sísmica hacia mis antípodas. Me he asustado, claro. ¿Quién no se asustaría con algo así? Lo extraño del caso es que no sentía dolor alguno. Mi cuerpo se desgarraba en dos pero no notaba nada más que un ligero cosquilleo, como cuando te arrancas un pedazo de piel después de un largo día de playa sin crema protectora. Y, lo más extraordinario del caso es que tampoco sangraba. ¿Estaría soñando? Después de unos momentos de indecisión, he dejado la toalla a un lado y, haciendo cuña con los dedos de las manos, he ido separando despacio mi parte superior de la inferior y, para mi sorpresa, la carne cedía con cierta facilidad pasmosa y al poco he podido confirmar, como nos temíamos, que en el interior abrigamos otras pieles, otros ombligos, otros sujetos en definitiva, idénticos a los que vemos y tocamos cada día pero ligeramente más pequeños, más insignificantes. En ese momento me he acordado de esas muñecas rusas, las matrioskas, que son todas ellas huecas por dentro de tal manera que en su interior albergan una nueva muñeca, y ésta a su vez otra y otra y otra... hasta que al final aparece un ser minúsculo, casi invisible, que es al mismo tiempo, su esencia y su fin. Como el corazón de una manzana.
Sin saber muy bien qué hacer, he recogido el forro de mi cuerpo que yacía flácido y apático en el suelo del baño, como un vulgar traje de neopreno, y me lo he llevado a la habitación donde lo he extendido sobre la cama. Allí estaba lo que había sido yo hasta unos instantes antes: Una mera fachada, sin duda. ¿No somos eso la mayoría del tiempo? Pero, como la visión de mi propia cubierta inanimada me producía escalofríos, he decidido ocultarla en el fondo del armario, que es donde habitan los monstruos propios, colgándola de una percha junto al esmoquin que llevé el día de mi boda. Luego, subido a la cama, me he examinado frente al espejo a fin de comprobar que todo seguía en orden. Es decir, en su sitio, que no es poco. Y seguía, con la única salvedad que todo mi ser había disminuido en la misma proporción que ganaba en profundidad.
Entonces, al mirar con más detalle, he vuelto a ver, vaya por Dios, otra fisura en el ombligo recién estrenado. Presionando de nuevo, un instante después, tenía otra cubierta de mi ser desparramada sobre la cama e igual de fofa e inexpresiva que la anterior.
Lo que me faltaba, he pensado. Primero me deja mi mujer y ahora resulta que me pelo como una cebolla.
Pero, como tampoco tenía nada mejor qué hacer (era domingo, cuando solíamos salir juntos a pasear de la mano por el barrio), he vuelto a estirar del ombligo y al otro poco tenía otra funda orgánica junto a la anterior. Y ya iban tres. Al cabo de media hora eran veinticuatro las envolturas y mi tamaño era el de un dedal casi microscópico. Con tanto trajín de pieles me ha entrado mucha hambre (un hambre atroz dentro de la minusculosidad que era, pero hambre al fin y al cabo). Así que he descendido en tobogán por un trozo de sábana que llegaba hasta el suelo y, como si fuera Marco Polo camino de la China, he emprendido la travesía a la cocina, aunque no he llegado a salir de la habitación. Una voz familiar, proveniente de las alturas de la casita de muñecas de porcelana me ha hecho ver, ¿así que era eso, cariño?, que la distancia más corta entre dos puntos es un atajo.










LIBERTAD VIDA Y MUERTE dijo
en situaciones así la paciencia es un mero pasatiempo y la distracción lo único que nos queda.
19 Enero 2009 | 08:05 PM