No, no es fácil
Conocí a Superman en una reunión de Alcohólicos Anónimos. Aunque entonces no me dijo que era Superman, claro.
-Me llamo Carlos Kemp -me dijo estrechándome efusivamente la mano-. Una prima mía presentaba el Un, dos, tres... hace la tira de años. ¿Te suena?
-Algo.
Era un tipo bastante anodino, como todos los que estábamos allí. Metro sesenta y poco, cincuentón de barriga generosa y casi calvo si exceptuamos una veta de pelo como el césped que le serpenteaba la parte posterior de la cabeza. La mayoría de veces, solía vestir camisa a cuadros, pantalones de pana marrones y unas náuticas. A simple vista, tenía más pinta de leñador jubilado que de guardián del bien mundial. Qué cosas.
-Al principio, cuando comencé a perder pelo, me compraba peluquines, peluquines de los caros, no te pienses -me dijo un día, cuando ya me había confesado su secreto y algún que otro más-. Pero, a la que me echaba a volar salían despedidos por la fuerza del viento. No hacen peluquines preparados para soportar velocidades Mach 3, ¿sabes? Este mundo vuestro es bastante bisoño en según qué aspectos, no te ofendas.
No me ofendía. Había sido mi héroe de la infancia.
Nuestras charlas, en cierta manera, se habían convertido en un ritual todos los viernes por la noche. Al salir de las reuniones de "Algo Alcohólicos", como las llamábamos en tono de broma, nos dirigíamos al bar de enfrente. Era nuestro particular exorcismo después de haber vomitado nuestras miserias en la sala de Bienestar Social del Ayuntamiento, donde solíamos asistir de media diez o doce borrachos, con suerte quince.
-¿Otra ronda, Súper?
-Bueno, pero esta la pago yo.
-Vale.
-¡Camarera! Dos cervezas, por favor.
Era extremadamente educado. Y, también, con buen sentido del humor. No perdía la ocasión de contarme chistes sobre él.
-¿Sabes el de la Mujer Maravillas?
-Me parece que no -mentí.
-Bien -me dijo dando un buen sorbo-. Es uno de mis preferidos. Te cuento.
"Llevaba más de seis meses en mi refugio del Polo Norte, trabajando en un remedio para arreglar lo de la capa de ozono cuando, por fin, di con la solución. Estaba más feliz que unas maracas pero a la vez muy cansado. No había sido fácil. Tanto tiempo allí encerrado, sin nadie con quien hablar, sin estar con una mujer... Ya me entiendes, ¿no? Así que, para celebrarlo, decidí salir a dar un par de vueltas por la estratosfera a ver si pillaba cacho. Di vueltas y vueltas y más vueltas y, en eso que, mientras sobrevolaba Manhattan, en la azotea de uno de los edificios, veo a la Mujer Maravillas en pelota picada y en una tumbona boca arriba, moviéndose de manera muy sensual.
La Mari (en el círculo de los superhéroes la llamamos así, la Mari) es una pedazo de mujer que no te la acabarías nunca. Muy atractiva pero que gasta una mala leche del copón. No se puede tenerlo todo, ¿no? En fin. El caso es que el verla me había puesto como un burro. Pero no me atrevía a cortejarla. La última vez que nos vimos, no acabamos muy bien, la verdad. Así que, allí estaba yo, volando en círculos como un buitre y pensando cómo podría echarle un kiki sin salir excesivamente perjudicado.
¡Joder, tío!, entonces me acordé de mi supervelocidad. ¡Ya lo tengo!, me dije. Me lanzo en barrena, me la cepillo y vuelvo arriba sin tiempo a que se dé cuenta de lo que ha pasado. Un plan excelente, ¿no?
Dicho y hecho.
Bajé como el rayo, ¡zas!, le di un buen meneo ¡zas! y volví a subir ¡zas, zas!. Todo en menos de una milésima de segundo. Sin tiempo de reacción.
Entonces veo que la Mari se levanta de un salto toda alborozada y exclama:
-¡Hostias, qué coño ha sido eso!
Y, en estas que oigo al hombre invisible que le contesta:
-Ni idea, Mari. Pero tengo el ojete reventado."
Un buen tipo el Súper. Hace tiempo que ya no le veo. Tuve que dejar de ir a las reuniones porque me estaban machacando el hígado.
Una lástima.











Mariana la aldeana dijo
Joe, mira que siempre he querido ser invisible, pero después de lo que has contao como que me lo pienso, jeje.
Un beso.
20 Noviembre 2008 | 08:07