Intersección
¿Quién es esta mujer que duerme a mi lado? ¿Dónde estoy? ¿Qué ha pasado?
No me atrevo a moverme. Sólo mis ojos lo hacen y van de su rostro (dulce, por cierto) a las cortinas azuladas, que tampoco reconozco. Ella duerme. Su respiración es casi imperceptible y el pelo le cae desordenado (y sensual) a lo largo del hombro desnudo. Es rubia. Algo más joven que yo, pienso.
Intento recordar lo que hice ayer por la noche. ¿Me emborraché? No, no es posible. Cuando bebo, suelo despertarme con un horrible dolor de cabeza y esta mañana mi mente está más despejada que nunca. Ahora que lo pienso..., anoche ni siquiera salí de casa. ¿Qué hice...? Ahora lo recuerdo, sí. Después de cenar con mi mujer (no ésta, sino la verdadera) y mis tres hijos, me tumbé en el sofá y estuve leyendo un libro de Auster que me regalaron por Navidad. Juraría que me quedé dormido en él.
¿Qué día es hoy? ¿Miércoles? ¿Jueves?
Giro lentamente la cabeza y observo con atención el resto de la estancia. Una suite con su correspondiente baño. Hay un armario empotrado de color blanco con puertas correderas, un espejo y una lámpara de pared encima de la cómoda, un sillón negro de esos que dan masajes (¡el que siempre había deseado!), las cortinas azules, ropa por el suelo y, en un rincón, una foto encuadrada de una pareja de novios, el día de su boda, dándose un beso. Desde donde me encuentro no distingo sus caras. Me incorporo un poco y me froto los ojos. Los enfoco todo lo que mi astigmatismo me permite, pero nada.
Oigo ruidos abajo. ¿Abajo?
-Buenos días -dice la mujer que dormía a mi lado y que ahora se ha despertado.
Lo ha dicho mirándome y, ahora que yo hago lo mismo, veo que no parece extrañada de verme, sino que sonríe. Me entra un chute de pánico pero, no sé muy bien porqué, disimulo.
-¡Hola! -respondo, devolviéndole una tímida sonrisa.
Ella se acerca como un felino y me besa, suave, en la boca. Sus labios descansan en los míos mientras me mira con sus grandes ojos azules. Huele a jazmín. Es guapa. Como mi mujer, pienso.
De repente, la puerta se abre y una niña de unos cinco años entra gritando:
-¡Mamá, Mamá! ¡Max se ha comido la cabeza de mi Nancy!
Y se pone a llorar mientras extiende la muñeca decapitada hacia nosotros. Mi mujer, quiero decir, la mujer que hace un instante me besaba, se levanta y corre a cogerla en brazos mientras le dice cosas dulces y la mece y le da palmadas en la espalda y me lanza una sonrisa de cómplice resignación antes de desaparecer con la niña escaleras abajo.
Suelto el aire que guardaba en el pecho desde hacía... ¿siglos? Meso mis cabellos, vuelvo a suspirar y me dejo caer en la almohada. El techo es de color blanco, como el de mi dormitorio, sí. Pero en éste no hay el desconchado de la esquina derecha. En cambio, casi en el centro, hay una muesca con forma de tapón de champán. ¿Champán? A mi no me gusta el champán.
Vuelvo a fijarme en la foto de la boda y decido acercarme para examinarla mejor. Cuando lo hago, pasa algo curioso. Cuánto más me acerco, más se alejan los novios dentro de la instantánea. Con lo cual, me encuentro igual que antes.
De pronto, una idea empieza a angustiarme. ¿Y si yo no soy yo? ¿Y si, cuando me mire en el espejo, no soy capaz de reconocerme? Siento nauseas y corro hacia el lavabo para mojarme la cara pero me quedo en el umbral sin encender la luz, paralizado, viendo una cara, que parece la mía, en las sombras del espejo. ¿Seguro que es la mía?
Apoyo un dedo en el interruptor de la luz cuando la puerta del dormitorio se abre de golpe y mi mujer entra, pasa por mi lado como una exhalación, me da una palmada cariñosa en la nalga derecha y se encierra en el baño.
-¡Ocupado! -grita, riendo mientras oigo repiquetear el agua de la ducha.
Podría mirarme en el espejo de la cómoda y salir de dudas, pero en vez de hacerlo decido bajar a desayunar.
Resulta que vivo en una casa pareada de dos pisos, en el barrio más elegante de la ciudad, con jardín y aparcamiento doble, una hija única (la de la muñeca) y un Cocker Spaniel marrón de grandes orejas y especialista en destrozar lo que se le ponga a tiro. Las cosas me deben ir muy bien, ya que cuando bajo a buscar el coche para ir a trabajar, me encuentro con un BMW plateado de alta gama.
Cuando salgo con el coche, mi nueva familia viene a la cerca de la entrada a despedirme, como si fuera el guión de una película ñoña, pienso. Bajo la ventanilla y mi mujer me besa otra vez y me desea un feliz día mientras, detrás de ella, mi hijita no para de agitar la mano "¡Adiós, papá!" y Max ladra y salta alrededor de ellas.
A punto de pisar la calle, veo a través del parabrisas que, en la casa de enfrente, se está produciendo una escena parecida. Aunque en su caso, es la mujer la que se marcha con sus tres hijos. Lo hacen montados en un imponente 4x4 negro, mientras su ¿marido? los despide con una gran taza de café entre las manos.
Por casualidad, durante un instante cruzamos la mirada. Mi vecina y yo. Un segundo. Un sólo segundo que se convierte en toda una vida. Y veo en sus ojos la misma angustia que ella debe sentir en los míos.
Luego, como si fuera lo más natural del mundo, ella gira a la izquierda y yo a la derecha. Camino de no sabemos dónde.








encontrada dijo
Un texto genial. Me ha gustado especialmente ese alejamiento que experimentan los novios de la fotografía. Me gusta este aire de metáfora que desprende todo. Qué rabia que te hagas esperar tanto a veces ;)
Besos
30 Septiembre 2008 | 07:35 PM