una buena noche
conocí a Herb y a Linda en la barra del club liberal donde pasaba las noches de los sábados. desde mi segundo divorcio me había aficionado a pasar algunas veladas allí. mi segunda esposa, Leena, me había introducido en el ambiente. me explicó que le empezó a gustar ese tipo de rollos cuando estuvo saliendo con un actor porno cuyo nombre artístico, Big Johnny, me sonaba de alguna peli que años atrás, cuando era estudiante, pasaban los viernes por el plus. como por entonces no tenía dinero para abonarme, debía contentarme con verlo codificado y machacármela a fuerza de achinar los ojos para conseguir descodificar alguna que otra forma corporal. así que ya me estaba bien. el caso es que como decía a Leena le iba ese rollo de los intercambios y, como a mí (para qué engañarnos) no me parecía mal, frecuentamos durante nuestro corto matrimonio un club cercano a casa. al principio era cortante eso de que a tu mujer le metieran mano y algo más delante de tus narices. no es lo habitual, lo sé. pero, con el tiempo, le fui encontrando el morbo al asunto y acabó siendo una de las mejores épocas sexuales que yo recuerde. Leena era toda una leona. lástima que una noche se encaprichó de un cubano de polla descomunal y lengua desenvuelta y me abandonó. a veces me los encuentro alguna noche y pegamos un buen polvo los tres. pero, no sé… ya no es lo mismo.
en fin.
tampoco es que me doliera mucho que me dejara. sabía que tarde o temprano pasaría ya que se suele decir que el segundo matrimonio es el puente entre el primero y el tercero. por lo que me lo tomé con bastante filosofía.
así que, ahí estaba, parapetado en la barra con mi segunda birra de la noche contemplando el gang bang que había organizado Hank, el dueño del club. Hank era un sesentón de vuelta de casi todo. antes de tener el club había sido gerente de una inmobiliaria, pero con la crisis del 2008, tuvo que cerrar y decidió abrir un nuevo negocio que tuviera futuro. y, otra cosa no, pero el sexo vende. ¡joder, sí vende…!
no le iba nada mal. ganaba suficiente pasta y echaba algún que otro clavo cuando se terciaba. además, tenía buen ojo y por el mismo precio ofrecía espectáculos los jueves, viernes y sábados. espectáculos que llenaban el aforo hasta la mismísima puerta. los jueves era la noche de la lencería, los viernes la de las transparencias y el sábado estaba consagrado al gang bang.
esas noches, la protagonista absoluta, la reina, era Samantha, Sam para los clientes. Sam era guapa, veinteañera, morena, pelo larguísimo, sonrisa traviesa, con unas tetas como flanes, un culo espectacular y el coño perfectamente rasurado con el conejito playboy tatuado a un lado.
la verdad es que era deliciosa. si no fuera porque estaba contratada por Hank y los orgasmos eran fingidos, me la hubiese tirado unas cuantas veces. pero así eran las cosas. Samantha llegaba a la cama redonda, situada entre la barra donde yo vegetaba y la pista de baile, y se abría de piernas para todo aquel que tuviera ánimos, una polla medianamente armada y, por supuesto, un condón. boca arriba o a cuatro patas semana a semana dejaba que los tíos, jovencitos o yayos, altos o enanos, guapos o feos se la cepillaran sin tregua durante dos horas. por el coño o por la boca, tanto daba. cobraba lo mismo. eso sí, no más de tres a la vez y nada de hurgar atrás. la mayoría eran hombres que llegaban sin acompañante. se bajaban los pantalones hasta los tobillos dejando entrever calcetines negros de esos del tipo ejecutivo, se desabrochaban un poco la camisa y a dentro. en estos casos, cuando ibas solo al local la entrada era más cara y sólo se tenía acceso a ciertas zonas: el bar, la pista de baile y los reservados, unas camas cuadradas separadas por velos que si querías podías desplegar para tener cierta intimidad. el resto, el mini cine, el cuarto oscuro, el pasillo francés, el jacuzzi y la sala del piso inferior, poblada de camas inmensas era coto exclusivo de las parejas. si ibas solo, para acceder a estas zonas previamente debías ir invitado por una pareja. algunos tíos contrataban a una puta para hacerles de pareja y así tener acceso a todo el local, pero yo nunca lo hice. me parecía una estafa, un insulto. si un tipo trae a su mujer para que se la cepillen a tu salud lo menos que puedes hacer es devolvérselo con la misma moneda. a éstos, a los puteros, se les veía a simple vista. la mayoría calvos cincuentones, con una chica joven, preferentemente latina y que se dejaba sobar por cualquiera. era patético. era asqueroso.
pero ese no era el caso de Herb y Linda. él era holandés y ella francesa. rondaban los cuarenta largos y se notaba enseguida que eran expertos en el ambiente. Herb era alto, algo grueso pero no en exceso, rubio, de ojos azules y bastante simpático. Linda era más o menos de mi estatura, de cara no estaba mal, pelirroja de pelo rizado, ojos morenos muy lindos, bien proporcionada y aquella noche lucía un mini vestido escotadísimo de lentejuelas blancas que dejaba asomar un tanga rojo y diminuto. estuve charlando y bebiendo un buen rato con Herb mientras su mujer bailaba en la pista y se dejaba querer por la tropa. Herb me explicó en inglés que trabajaba de contable para una multinacional aunque omitió decirme el nombre. su mujer, con la que llevaba casado 28 años, era diseñadora de una firma muy conocida a nivel mundial, aunque tampoco me dijo el nombre. tenían tres hijos, dos chicos y una chica, y hacía un par de años que el último de ellos se había ido de casa y se habían quedado otra vez solos. fue entonces, me dijo, cuando se dieron cuenta de que la rutina los había devorado como pareja. tenían tres opciones: separarse, convivir o vivir. decidieron esto último y se lanzaron a una segunda juventud. salían cada fin de semana a cenar y a bailar y en una de aquellas noches conocieron a una pareja del ambiente liberal que los animaron a ir a uno de aquellos clubs raros. aunque Herb hacía años que fantaseaba con algo así, nunca se lo había confesado a su mujer, así que se quedó de piedra cuando ella estuvo de acuerdo. la primera vez no ocurrió nada. fueron a un club de Amsterdam y se limitaron a tomar algo, bailar y observar a los demás. lo habitual. pero cuando volvieron a casa "follamos como hacía décadas que no lo hacíamos", me explicaba Herb entre risas. volvieron varias veces a ese y a otros y poco a poco fueron ampliando el círculo hasta que se dieron cuenta que a los dos les iban los tríos.
fue una buena noche.
[mezcla a bukowski, un día de vacaciones aburrido é voilà]









angel-o-demonio dijo
me gusta como esta estructurado el relato,yo le pondria un lenguaje mas fuerte ,para ambientar el vicio.es solo una observacion¡¡¡buen dia,sansar.
20 Agosto 2008 | 10:59