El hombre que cada día pintaba el mundo con sus manos
Cada mañana, al despertarse, el hombre que cada día pintaba el mundo con sus manos se sentaba en el borde de su sencilla cama y se desperezaba con los dos brazos donde las agujas de un reloj imaginario en su pecho habrían marcado las diez y diez. Acto seguido se acercaba a la pileta situada al otro extremo de la pequeña habitación, abría el grifo y se lavaba profusamente la cara. Una vez hechos cada uno de los ritos matinales que toda persona suele hacer recién levantada, se sentaba en una silla de mimbre, frente al ventanuco situado entre la cama y la pileta y se disponía, una vez más, a pintar el mundo con sus manos.
No era tarea sencilla. Crear, día tras día, el mundo es, cuanto menos, agotador. Quien lo haya hecho sabrá de qué hablo.
Ese día, el hombre que cada día pintaba el mundo con sus manos, se sintió optimista y preparó las acuarelas de colores vivos; escogió uno de los pinceles más suaves y lo mojó en el azul más intenso que encontró. Alzó el brazo y pintó el cielo. Volvió a mojar el pincel, esta vez en un azul turquesa y con trazos decididos pintó el mar. Con unos cuantos toques de blanco marfil hizo las olas. Para la arena, se decidió por un marrón con tonos plateados que, a la luz del sol, producirían miles de pequeños destellos. Después pintó unas palmeras y un bosque tropical en primer plano.
Luego fue el turno del sol, brillante, majestuoso, y de unas cuantas nubes dispersas y decorativas.
Era hora de los detalles.
Pintó un velero recorriendo el horizonte, una docena de gaviotas sobrevolando el cielo y una hamaca vacía frente al mar.
El hombre que cada día pintaba el mundo con sus manos siguió hasta que, a media tarde, se sintió satisfecho. El resto del día lo dedicó a contemplar su obra, recostado en el respaldo de su silla de mimbre, en silencio, hasta que ese sol, su sol, desapareció por uno de los extremos y la oscuridad borró lentamente todo su trabajo.
Era hora de dormir.
Mañana sería otro día y debía descansar lo suficiente para emprender una nueva obra con el siguiente amanecer. Como cada amanecer.
Quizá mañana se levantara melancólico y pintara una calle lluviosa, o furioso y el mundo sería arrasado por un ciclón, o reflexivo y pintaría un desierto inabarcable. Eso él nunca lo sabía antes de despertarse.
La primera vez que pasamos ante su celda observé por las rejas a un tío de espaldas sentado en una silla, frente al ventanuco y moviendo los brazos como si estuviera dirigiendo una orquesta. Le pregunté a mi compañero que quién era.
-Ah, ese. ¡Bah!, está chalado -respondió anotando en su tabilla de recuento-. Lo encerraron por estafa.
-¿Por estafa?
-¡Sí, coño! ¿Qué no ves la tele, colega? El mundo es una jodida mierda.
Y seguimos con el recuento. Otro día más.










srta desconocida dijo
Bueno, pero ese día, ese en concreto había sido bueno, ¿no? pues algo es algo, tanto pedir la felicidad eterna para no saber ni disfrutar de un día de ella.
bicos
PD: la gente encerrada no es tan guay, me temo.
11 Agosto 2008 | 05:39 PM