Escritor en ciernes
El escritor en ciernes, que vive solo en una buhardilla del casco antiguo, hace un tiempo que no se le ocurre nada sobre qué escribir. Al principio lo achacó a uno de esos periodos que todo escritor (en ciernes o no) pasa: El periodo de sequía. El síndrome del folio en blanco, o como coño se llame. Al principio no le dio mayor importancia. Entraba dentro de lo normal que, durante los primeros días, esa "facilidad" que siempre había tenido para crear historias no fuera tan fluida. De hecho, desde que recuerda, siempre ha tenido esa "facilidad" para escribir y ahora entiende que está empezando a pagar por haber poseído ese don. ¿Don?
El escritor en ciernes acostumbra a escribir sus relatos a mano, es decir, a la vieja usanza: folio, pluma y tintero. Suele escribir por las mañanas, muy temprano. Para ello, se levanta con el alba, se prepara un café bien cargado, se lo bebe acompañado del primer cigarrillo y, a continuación, vacía sus intestinos en la taza del water mientras lee algún prospecto. Acto seguido se ducha, momento que, desde que vio American Beauty, aprovecha para masturbarse. Siempre el mismo ritual. Después, ya limpio y vaciado del todo, se sienta en su escritorio, coge una hoja, moja la pluma y comienza a escribir. Escribe seguido, sin interrupciones, hasta la hora de comer. Para entonces, si la cosa ha ido bien ya ha llenado veinte o veinticinco folios por ambas caras. Entonces decide que ya es suficiente y se prepara algo en el microondas. La tarde la dedica a otros menesteres: hacer la siesta, leer, ver la tele, pasear, quedar con los amigos... No necesita trabajar ya que hace unos años recibió una herencia considerable que le permite vivir de rentas.
El escritor en ciernes echa de menos esa rutina. Ahora se levanta y, después de seguir el mismo ritual de siempre, se sienta frente al escritorio, coge una hoja, la pluma, la moja, pero no ocurre nada. Y ya van dos semanas así.
El escritor en ciernes comienza a angustiarse. ¿Y si se le ha acabado la inspiración? ¿Y si ya no tiene nada para contar que valga la pena?
El escritor en ciernes piensa, entonces, que el problema resida quizás en las herramientas. Se da cuenta que el siglo 21 no es el del folio, la pluma y el tintero, sino del ordenador portátil. Decide ir a comprar uno esa misma tarde. A la mañana siguiente, después del ritual, se sienta frente al escritorio, enciende el portátil y abre el procesador de textos. Una barra vertical parpadea en la esquina superior izquierda dentro de un cuadro recortado en blanco. Cuatro horas después sigue parpadeando en el mismo sitio.
El escritor en ciernes se desespera, se levanta y se deja caer pesádamente en el sofá. Enciende el televisor y va pasando, casi sin detenerse, de cadena en cadena hasta que en uno de los canales ve un anuncio que lo cautiva de inmediato. El anuncio es de Coca-Cola. Lo encuentra ingenioso. Es una recreación muy imaginativa de cómo se fabrica una coca-cola. Al final del anuncio se da cuenta de que le apetece mucho beberse una coca-cola. Sin embargo, se le ocurre una idea mejor y en lugar de dirigirse a la nevera se sienta frente al teclado, decidido a escribir sobre eso mismo: Sobre un escritor en ciernes que, tras un período de sequía creativa, se compra un portátil y escribe un cuento sobre un escritor en ciernes que, tras un periodo de sequía creativa, se compra un portátil y escribe un relato cuyo protagonista absoluto es ¡la Coca-cola! Quiere transmitir lo que le ha transmitido el anuncio, hacer que el lector, a medida que descienda por las líneas, sienta el imperioso deseo de levantarse de donde esté, vaya hasta su propia nevera, abra una botella (o una lata, eso tanto da) y se la beba con deleite (o con un vaso).
El escritor en ciernes escribe y escribe pero, cuando lleva unos cuantos párrafos escritos, le asaltan las dudas. Se imagina al posible lector leyendo su relato y no lo ve del todo claro. Es más, lo ve estúpido. ¿Escribir sobre la Coca-cola? Menudo escritor en ciernes. Se imagina al posible lector leyendo su relato y pensando que es un relato estúpido. Se lo imagina concluyendo que más que un relato es simple publicidad encubierta y además pésima. Visualiza al lector frente a su pantalla, leyendo el blog del escritor en ciernes (que últimamente no da una) y preguntándose qué carajo le pasa al escritor en ciernes, cuánto le ha pagado la Coca-cola para hacer un mierda de relato que habla sobre su producto estrella. ¿Cuánto, eh? El lector se sentirá engañado y dejará el relato a medias..., ¿para ir a beberse una coca-cola?
El escritor en ciernes decide, por amor propio, borrar todo lo que ha escrito hasta entonces y se dirige a la nevera, la abre, coge una cerveza Grinbergen, se la sirve en una gran copa mientras piensa que siempre le quedará el recurso de publicar algún texto en inglés (que es más chic) de algún escritor famoso.
Y, a tomar por culo la Coca-cola.








unaovarios dijo
Jajajajaja voy por una Mahou (a falta de Grinbergen, jejeje)... Gracias por volver...
Besos
5 Julio 2008 | 01:26 PM