Metamorfosis
Llevaba un par de días sintiéndome extraño, es decir, más extraño de lo que suele ser habitual en mí, que de por sí no es poco. La cabeza (o, mejor dicho, el entendimiento) se enturbiaba durante unos cuantos segundos, como cuando agitas un palo en el fondo fangoso de un riachuelo y pierdes la visibilidad cristalina del agua. En este caso, era como si una mano imaginaria agitara los pensamientos en el fondo de mi cerebro haciendo que la realidad se deshilachara intensamente durante esos breves instantes.
Alguien, en un momento dado, me dijo que me brillaban los ojos y sonreí estúpidamente pensando que era un halago hasta que enseguida me di cuenta de que era la fiebre que recién acababa de instalarse a lo largo de mi cuerpo. Me palpé la frente, pero curiosamente la noté fría y también mojada, como la mano palpadora. De la frente bajé hacia el cuello y descubrí con cierta angustia hipocondríaca que estaba hinchado y me dolía.
Así que, al llegar a casa abrí el armario de los trastos inútiles y saqué la linterna con la que, frente al espejo del baño, estuve explorando el fondo de mi boca como un espeleólogo hace con una gruta recién descubierta. No encontré murciélagos gigantes, la verdad, pero sí dos placas de pus, colgadas a lado y lado de mi cueva bucal, con los colmillos blancos asomados por la pared sanguinolenta en la que se había convertido mi garganta.
Tenía anginas, como cuando era niño, ¡yupi!, y me metí en la cama con un buen libro y pañuelos de papel a pasar el trance lo más cómodo posible. Por aquel entonces (en la infancia), tener anginas era sinónimo de crecimiento. Era lo primero que los adultos te decían: "¡Menudo estirón vas a pegar, chaval!". Y lo proclamaban con el mismo orgullo que pienso deben sentir los indígenas de las tribus amazónicas cuando sus hijos realizan el ritual del paso de la niñez a la adultez, cazando algún animal salvaje. En mi caso, a falta de animales, debía conformarme con un virus, aunque también salvaje.
En aquellos tiempos, me instalaban en la habitación grande de mis padres, imagino que para que el cuerpo tuviera más espacio para expandirse, como si la cama de matrimonio fuera un artefacto de un científico loco con propiedades asombrosas. Aunque, bien pensado, algo de mágica sí debía ser, ya que era donde (se decía a sotto voce) te fabricaban. El caso es que, envuelto en esas sábanas heladas que me eran ajenas, mi cuerpo se recogía en una pupa y durante una semana de sudores fríos y sueños psicodélicos, la realidad se transformaba en un estado entre líquido y gaseoso, como los vahos de eucalipto que mi madre me preparaba.
La fiebre, los antibióticos y las aspirinas con limón y azúcar producían el mismo efecto que el de la mejor María. Recuerdo que, al quedarme sólo en casa mientras los demás hacían vida normal (o eso creían), las formas de los muebles y sus ruidos adquirían un lenguaje propio como una sinfonía misteriosa y, acompasados a modo de diapasón por el tic-tac del reloj de pared, mecían mis sentidos en un duermevela del que no quería marcharme nunca. Ni despertarme ni dormirme, sino quedarme en ese estado suspensivo el resto de la vida.
Pero los días pasaban, los mimos de mamá y las medicinas hacían su trabajo y la fiebre, con la guerra ya ganada, se retiraba como las olas cuando la marea viene baja, dejando un rastro de conchas vacías como cadáveres de una guerra microscópica. Era entonces cuando me levantaba pálido como un lázaro resucitado y con los pies descalzos vagaba, casi levitando, por las estancias y me daba cuenta de que mi pijama, en efecto, se había quedado chico.
Como ahora con la realidad.















unaovarios dijo
Spero che si inserisce bene ... presto, e anche molto meglio di un po 'meglio ... Un abbraccio
27 Mayo 2008 | 01:32 PM