El ternero
Cuando era un chaval, tuve un amigo que trabajaba en un matadero. Era un matadero pequeño, casi "artesanal" y, aunque hace años que lo cerraron (en su lugar, construyeron un parque para niños), por aquel entonces, al salir de clase, solía ir de vez en cuando a verlo para charlar y fumar un cigarro. Una de las primeras veces, después de enseñarme las instalaciones con los cuatro animales que esperaban a ser sacrificados y, cuando ya me disponía a marcharme, me preguntó "¿Alguna vez has visto matar a un ternero? Le respondí que no, claro. Entonces él me sonrió y me invitó a quedarme un rato más. Al poco, apareció el matarife, un señor de mediana edad con más pinta de albañil que otra cosa y con una bolsa de deportes colgada del hombro. Dejó caer la bolsa al suelo y saludó a mi amigo. "Ahora vuelvo", me dijo mi colega, y desapareció por una de las puertas laterales para volver a aparecer un par de minutos después llevando de la mano a un ternero joven pero de tamaño ya considerable que, con una cuerda atada a un collar de cuero, se dejaba llevar apaciblemente, como un perrito. Al llegar a la zona donde me encontraba, pasó la cuerda por una gruesa argolla metálica clavada en el suelo, la cual yo no había visto hasta entonces, mientras mi amigo charlaba de menudencias con el hombre. Luego estiró la cuerda hasta que el ternero bajó la cabeza y quedó a la altura de nuestra cintura. En ese momento, el matarife abrió tranquilamente la bolsa de deportes y extrajo el martillo más grande que yo había visto en mi vida. El mango de madera estaba ennegrecido y, en el extremo, las dos cabezas cuadradas de acero daban la sensación de poder contar muchas historias. Y ninguna alegre. Ajeno a mis pensamientos, el hombre se situó frente al animal y se hizo el silencio. Levantó el pesado martillo con las dos manos por encima de su cabeza y, con toda sus fuerzas, lo descargó entre ceja y ceja. Entonces, recuerdo que oí algo parecido a un "croc", como cuando rompes un coco... pero amplificado, muuuy amplificado. Al instante, el ternero cayó fulminado mientras las patas empezaban a moverse a espasmos y yo a duras penas conseguía aguantar las arcadas intentando quitarme de la cabeza los olores y sonidos a muerte que me llegaban. El hombre dejó caer el martillo al lado de la bolsa, sacó un enorme cuchillo de su interior y lo degolló en un plis plas. La última imagen que tengo del sacrificio de ese ternero, es la de ver salir su sangre a borbotones y escurrirse por una rendija del suelo mientras los ojos del animal se iban haciendo cada vez más y más y más opacos.
El vídeo visto en el blog de mi amiga Chicristi .










srta desconocida dijo
todo el texto anticipando el puñetero golpe, que mal que lo paso con esas cosas, y eso que de matanzas de cerdos y otros bichos de corral sé algo...
bicos
6 Marzo 2008 | 12:15 AM