Epistolar
El siguiente relato "Epistolar" de Franco Chiaravallati, fue leído hace unos días en la clase de relatos de Aula de escritores, como ejemplo de relato en subperspectiva. Otros ejemplos (más conocidos) son Las líneas de la mano de Cortázar o La uña de Max Aub.
Epistolar
Camille exprimió su ojo por última vez y dobló la carta. No tenía nada más para decir; se le habían agotado las palabras, literalmente. Cerró el sobre y se dirigió a la oficina de correos. La firma humedecida aún intentaba secarse dentro de esos cuatro folios con destino a las antípodas. Camille era una chica de paso rápido, pero ese momento y el lluvioso febrero hacían que sus movimientos fueran fotogramas, uno detrás de otro. Se acercó a la ventanilla, dijo unas palabras al empleado, le dio el sobre y se fue. Tenía la oculta certeza de que su pena no sería remediada ni con doce mil cartas de respuesta. Una taza de tilo caliente la esperaba en casa para ayudarla a evadirse de este mundo hostil. Morfeo mediante.
Jean Claude percibió un atisbo de tristeza infinita en esa mirada, y eso lo apenó. Era un empleado serio y no podía permitir que ese momento lúgubre de cierre de jornada le arruinase el día. Su mujer de siempre y cuatro bocas que alimentar lo estaban esperando. Pero esos ojos que acababan de irse eran la síntesis de la desdicha. Qué afortunado debería sentirme, pensó Jean Claude. “Debería”, repitió. Quién sabe qué congoja oculta afloró con esa mirada ajena y desconocida. La ventanilla no era ningún escudo, sus facciones tampoco. Y luego de estampar el sello en la carta, la expidió a la oficina correspondiente y se esforzó, al volverse a sus compañeros, en poner la misma cara de burócrata de todos los días.
Juliette es la subjefe de oficina. Una mujer seca, distante, salada. Siempre lleva un pañuelo en la cabeza y jamás se maquilla. Sus grandes gafas son un no muy sutil escudo contra el mundo de las sensaciones. La expresión sombría del compañero que se acababa de girar no le afectó en lo más mínimo, es más, sintió desprecio por esa debilidad de vaya a saber uno qué cosa. De manera automatizada, cogió todas las cartas del día y las ordenó por código postal. Sin embargo, después de unos minutos de rutinaria tarea y sin motivo aparente, el pecho le comenzó a doler. Y se entristeció.
Antoine había prometido llegar temprano a casa. Hoy era el cumpleaños de su nieta y esta vez no podía fallarle. “Siempre te olvidas de mí”, decía cada año Sophie, “siempre por ese maldito trabajo”. Esta vez debía llegar temprano. Estuvo toda la semana intentando hallar un tiempo para ir a comprarle un regalo, sin conseguirlo. Y así llegó el día de la fiesta. Sintió golpear la puerta.
-Adelante.
Era Juliette, la histérica.
-Aquí está el resumen del día y las cartas internacionales, jefe.
-Bien, déjelas allí.Sin darle importancia a la situación, siguió con su rutina de seis de la tarde. El farol de la calle iluminaba su rostro serio. Y en ese momento, como si alguien le tocara la espalda, advirtió algo extraño. Entrecerró los ojos y alzó la vista. Siguió con la mirada a una subordinada mientras se alejaba: el quiebre de la voz, los ojos enrojecidos, la boca fruncida. No pudo explicarlo, pero de repente algún tapón oculto que sujetaba sus sentimientos más profundos se salió de su sitio. Hacía ocho años que no lloraba, pero ése no era el momento ni el lugar. Respiró profundo, volvió a su mundo serio de siempre y cogió el cajón de cartas que mañana debían estar sin falta en el aeropuerto.
***
El hombre en bicicleta iba muy despacio por la calle de tierra. Llegó a la siguiente dirección y llamó a la puerta. El fuerte viento de ese desolado pueblecito de montaña casi le vuela la gorra. Un hombre lo atendió.
-¿Señor Di Pietro?
-Sí, yo soy.
-Carta para usted.Di Pietro cogió la carta, con la mirada fija en el rostro triste del cartero. Al verlo alejarse con la cabeza gacha, sintió inexplicablemente que los folios que acababa de recibir pesaban toneladas. Y así, a ocho mil kilómetros del remitente, a dos semanas del envío, tras un reguero de gente afligida –como una cadena hecha de lágrimas- y sin siquiera abrir el sobre, Di Pietro lloró.







bantabah dijo
Qué maravilla de relato, sansar ( tomo nota). Un precioso "efecto mariposa"...gracias por la cadena de sensaciones.
Buenos días. Hoy, un beso con aleteo
13 Febrero 2008 | 10:11 AM