Vivo con un monstruo. Lo sé porque lo vengo notando desde hace algún tiempo: Cuando me levanto y una corriente de aire gélido me muerde los tobillos; o en la ducha, al agitarse la cortina del baño como si hubieran abierto de par en par las mismísimas compuertas del infierno: o, cuando de improviso la alacena se cierra violentamente mientras intento desayunar mi bol diario de cereales. En otras, es un jarrón que suena como un perdigonazo seco o el mueble del salón que lanza quejidos intermitentes como si se le indigestara lo que guarda en sus cajones o un cuadro que sin más se suicida descolgándose de la pared. Al principio, no quise darle mayor importancia (¿a quién no le ha sucedido algo así?); además, a esa hora de la mañana uno suele tener el entendimiento algo anestesiado y lo que quieres es vestirte rápido y no perder el autobús. Pero, cuando regreso por las tardes, no sé si debido a que estoy más alerta, la cosa cambia. Por ejemplo, nada más llegar al rellano y mientras introduzco la llave, suelo percibir murmullos amortiguados que provienen del interior. Entonces, de manera instintiva, retengo todo el aire que mis pulmones me permiten (no vaya a querer gritar y me los encuentre vacíos), abro despacito la puerta y suelto aquello típico de "¡¿HAY ALGUIEN AHÍ?!". También es verdad que, nada más decirlo, el silencio me devuelve una lógica que me ruboriza. Bien pensado, lo raro sería que contestaran "¡siii!, hombre, soy el asesino del monopoly y estoy escondido detrás de la puerta de la cocina, con el cuchillo jamonero que te regaló tu jefe por Navidad". Preguntas absurdas que se formulan como una suerte de amuletos. Una vez dentro y solo ante el peligro, cuelgo el abrigo de la percha mientras me cambio las bambas por las zapatillas y entro en la cocina. Entonces, agarro ese mismo cuchillo jamonero y me recorro las estancias, dejando un reguero de aceite mientras abro puertas y enciendo luces. Con el cuchillo aceitoso bien apretado en la mano, continuo la inspección debajo de las camas y dentro de los armarios (que dicen son las moradas preferidas de los monstruos); o en la bañera, descorriendo la cortina y sintiéndome como Anthony Perkins en Psicosis. Y, al final, acabo visitando la terraza, la galería o incluso la lavadora o el horno; y, ya puestos, la taza del water.

Por si acaso.

Sólo después de comprobar cada rincón y ver que estoy tan solo como ese calcetín desparejado que (no sé muy bien porqué) nunca me atrevo a tirar a la basura, sólo entonces, me siento en mi sillón favorito, enciendo la tele y lanzo un alarido justo cuando el monstruo cotidiano traspasa la pantalla y, a través de mis ojos, se dispone (un día más) a comerme las entrañas.*

*[a propósito de un comentario de cachog ]