El fin de todo
Yo he visto el fin de todo, Hombre Fulminado. He bajado a las entrañas del infierno, y he visto el final. Quien vuelve de un viaje así, por mucho que siga viviendo, es consciente de que una parte de sí mismo ha muerto para siempre.
¿Cuándo ocurrió eso?
En abril de 1945. Mi unidad combatió en Alemania, y nos tocó liberar Dachau. Treinta mil esqueletos respirando. Usted lo conoce por fotografías, pero con las fotos no se hace uno idea de lo que era aquello. Había que estar allí y verlo directamente, había que estar allí y tocarlo con las propias manos. Seres humanos hicieron aquello a sus propios semejantes, y lo hicieron con plena conciencia de lo que hacían. Aquello era el fin de la humanidad, señor Zapatos Buenos. Dios apartó la vista de nosotros y abandonó el mundo para siempre. Y yo estuve allí para presenciarlo.
¿Cuánto tiempo estuvo en el campo?
Dos meses. Era cocinero, de modo que hacía servicio de cocina. Mi tarea consistía en dar de comer a los supervivientes. Estoy seguro de que ha leído historias de cómo algunos no podían dejar de comer. Los más famélicos. Llevaban tanto tiempo pensando en la comida, que no podían remediarlo. Comían hasta que se les reventaba el estómago, y entonces se morían. A centenares. El segundo día se me acercó una mujer con un niño en brazos. Había perdido la cabeza, aquella mujer, se le veía, se sabía por la forma en que sus ojos no dejaban un momento de revolverse en sus cuencas, y qué delgada estaba, tan desnutrida que no sé cómo lograba mantenerse en pie. No pedía de comer, sólo quería que le diera leche al niño. Yo iba a complacerla con mucho gusto, pero entonces me entregó al niño y vi que estaba muerto, que llevaba varios días muerto. Tenía la cara reseca y arrugada, ensombrecida, más negra que la mía, una criaturita que no pesaba nada, que no era más que piel arrugada y pus seco y huesos vacíos. La mujer seguía pidiendo leche, así que vertí una poca en los labios del niño. No se me ocurrió otra cosa que hacer. Vertí leche en los labios de la criatura, y entonces la mujer volvió a coger a su hijo: satisfecha ya, tan feliz que empezó a tararear, casi a cantar, en serio, a cantar de esa forma jubilosa con que se arrulla a un niño. No sabría decir si en la vida he visto a alguien más feliz que aquella mujer en aquel momento, alejándose con su hijo muerto en brazos, cantando porque al fin ha conseguido darle un poco de leche. Me quedé allí parado, mirando cómo se alejaba. Caminó unos cinco metros a trompicones hasta que le cedieron las rodillas y, antes de que pudiera salir corriendo para sujetarla, cayó muerta en el barro.
La noche del oráculo – Paul Auster.
De lo que he leído últimamente... éste pasaje me impresionó sobremanera.










lascosasdepepe dijo
el fin del todo,,,,
me gusto tu post,
un abrazo.
4 Febrero 2008 | 07:54 PM