Cuando me meto en la cama, suelo realizar el mismo ritual antes de dormirme. Ya con los ojos cerrados y tapado hasta las orejas me imagino en una sala luminosa (como la de Matrix), donde el techo es un cielo de nubes de azúcar y el suelo una inmensa alfombra tejida de regaliz multicolor. A mi alrededor, un círculo infinito de puertas de caramelo de sabores exóticos me cercan a la vez que se ofrecen para transportarme a los lugares más dulces del mundo. Las puertas son todas del mismo tamaño, pero de diferentes colores y carecen de cerradura. Tienen una maneta de chocolate en el lado derecho y se abren hacia afuera. Aprovechando el duermevela, suelo elegir una al azar, la traspaso y, al otro lado, no sé cómo coño lo hago pero siempre acabo en la planta de diabéticos del hospital.
De verdad que no lo entiendo.