Instrucciones para dar un beso
“Los besos que no se dan se pierden en el olvido.” Piero Gruglio
Cualquiera puede dar un beso, sí. Cada día, como si estuviera a tocar el fin del mundo, se dan a millones, miles de millones. En las presentaciones, en las felicitaciones, en las despedidas, incluso (aunque algo más infrecuente) cuando se realiza el coito. No, no y no. Esos no son besos, besos de verdad. El beso, el genuino beso no es tan fácil de dar y tampoco de recibir. Para ello, se debe dar una serie de particularidades intrínsecas que paso a enumerar.
Tener un sujeto a quién darlo. Parece obvio, pero no tanto. Puede ser tu esposo, novia, un amigo, una amante incluso el cartero. También puedes darte un beso a ti mismo, pero no se aconseja. Hay quién lo intentó una vez y murió desnucado. Para éstos últimos, los que se aman a sí mismos más que al prójimo, existen otras fórmulas menos letales. La más sencilla de ellas, el espejo. Pero, volviendo al tema, si se posee el sujeto para darlo lo demás es sencillo y, sobretodo, barato de conseguir. Por ejemplo, la atmósfera... A día de hoy la atmósfera es gratis, ¡hay que aprovechar antes de que la cobre una multinacional!
Para que exista el beso en sí mismo, éste debe venir precedido de un contacto físico de los labios superiores. Cualquier otra combinación puede dar como resultado cuadros quizá más sensuales y placenteros, pero alejados del concepto tratado hoy aquí.
Para ello, uno debe ponerse de frente al sujeto, ya que de espaldas o de lado, además de dificultar el proceso, el otro podría concluir que somos idiotas. Y, con razón.
Un beso de verdad viene precedido de un silencio, pero no de uno cualquiera. No, no y no. Ese silencio es la madre, el padre y todos los antepasados de los silencios. Durante un breve y mágico instante, el mundo queda suspendido, las mareas se detienen, el fuego se licua, el viento susurra y la tierra se humedece. Es el momento de mirar al otro, mirarlo como jamás se ha hecho, mirarlo a los ojos. Esto último, muy importante. Si se mira cualquier otra cosa, por ejemplo el grano que le salió en la nariz, el efecto se desvanece como un copo de honradez en el quicio de La Casa Blanca. Mirar a través de los ojos, ver el interior del otro. Lo que fue, lo que es, lo que será. Si uno logra ver el principio del tiempo, el famoso Big Bang en el interior de sus pupilas, se puede dar el siguiente paso.
Es el momento de humedecer los labios (sin pasarse). Se puede prescindir, claro, pero en ese caso hablaríamos de un beso seco, sin pasión. A continuación abrimos la boca, un poquito, un poquito más, así, vale, perfecto. Extendemos los labios como si se quisiera entonar una O sostenida y comenzamos a realizar las maniobras de aproximación. En esta fase es indiferente mantener los ojos abiertos, aunque se aconseja cerrarlos para concentrar toda la atención en los otros sentidos. No obstante, primero deberemos asegurar que tenemos encarrilada la boca del otro sujeto. De otra forma, podemos acabar en el hospital porque el camionero que almuerza en la mesa contigua no haya apreciado la gracia del malentendido.
La duración del beso es un misterio. Puede durar una fracción de segundo como prolongarse toda una vida. De hecho, se cuenta la leyenda urbana de dos mandatarios rusos que se besaron, como marcaba el protocolo soviético, y en la actualidad comparten las tareas del hogar en un pisito muy chic de las afueras de Moscú. De todas formas, la duración media está entorno a los 0,83 segundos. Menos de 0,3 segundos se considera un pico. Entre 0,3 y 0,8 es un beso propiamente dicho. Entre 0,8 y 2,3 segundos es un beso sostenido. A partir de esa cifra la cosa se convierte en morreo.
Para finalizar esta disertación (que nadie me ha pedido), debo informar de que existen serias discusiones a cargo de sesudos besógrafos que no se ponen de acuerdo en cuál es la forma más adecuada de finalizar un beso.
Yo digo desde aquí que la más interesante es… empezando otro.
















lascosasdepepe dijo
interesante post, tomo nota...
un abrazo.
7 Enero 2008 | 07:41 PM