Cuaderno
Los cuadernos venden, por eso ocupan espacios tan visibles en las tiendas de los museos, donde los hay de todas las formas y todos los colores. Los persigo con menos gusto desde que Paul Auster los pusiera de moda en una novela y su captura deviniera en un deporte de masas. Los amaba, en cambio, cuando el resto de la población los detestaba del mismo modo que me amo a mí mismo cuando me insultan, aunque me odio si me halagan. Se trata de una patología muy común, cuyo nombre no me viene ahora mismo a la cabeza. ¿Y qué es lo que tiene dentro un cuaderno? Nada, de ahí su encanto. Si llenaran sus páginas de ecuaciones, recetas de cocina o discursos, no los compraría nadie porque ya no serían cuadernos, sino libros. ¿A quién le interesa un libro? La circunstancia de que estén llenos de nada significa que imaginariamente están llenos de todo.
Conservo un buen número de maquetas de libros que me regalan mis amigos editores. El hecho de que sus páginas permanezcan en blanco significa que están listas para recibir una obra maestra. Hay cierto aire furtivo en la expresión con la que adquirimos un cuaderno y nos lo llevamos a casa. Ahora os vais a enterar, parece que decimos, imaginando ya el momento en el que el bolígrafo se deslizará suavemente por sus páginas levantando un poema genial. Ese momento no llega nunca, por supuesto. Ni falta que hace. Los momentos comienzan a ser un problema cuando llegan. Las aspiraciones cumplidas incluyen, sin excepción, una glándula liberadora de hiel. Y no se vive de ellas. Se vive de las promesas, de las vísperas, de los proyectos. Lo que representa un cuaderno es precisamente un proyecto. Una colección de cuadernos vacíos son, en potencia, unas obras completas magistrales. Así que cuando muera y alguien se haga cargo de mi colección, heredará con ella una obra genial no escrita.Cuadernos - Juan José Millás
Hace poco, cuando volvía del trabajo, me encontré un cuaderno abandonado en un banco desconchado cerca de mi casa. La curiosidad hizo que me sentara, lo tomara entre mis manos y en seguida me di cuenta de que era un cuaderno extraordinario. Su piel era suave como la de un ángel caído y su olor recordaba el primer aroma de un recién nacido; la cubierta era blanca como el marfil, pero si entornaba los ojos aparecía un arco iris de colores imposibles. Cuando abrí el cuaderno, vi que no había nada escrito, pero entre sus hojas comenzaron a caer como lluvia de septiembre, recuerdos amargos de infinitas tardes de soledad a la vera de una chimenea apagada. Me sumergí en ese mar de lágrimas y su sabor se tornó dulce y fresco como la sonrisa del rocío mientras amanece. Iba pasando las hojas y asomaban, uno tras otro, poemas invisibles tejidos de sueños y letras de canciones punteadas con los rizos de las olas al romper en los acantilados. No quería dejar de leer pero caía la noche y me entró frío. Quise llevármelo a casa y, sentado en mi sillón favorito, descubrir más de sus secretos, pero recordé que ese cuaderno no me pertenecía… ni yo a él. No sin cierta tristeza lo volví a cerrar acariciando su espiral con mi dedo corazón y las notas de una melodía embrujadora compusieron un instante mágico, en el que las estrellas bailaron un tango sensual con una luna medio sonrojada. Cuando en el cielo se extinguió la última nota, con delicadeza volví a dejar el cuaderno en el mismo lugar donde lo encontré y, en silencio…, envidié a su futuro dueño.
(Dedicado a un cuaderno que me ofreció mucho a cambio de nada.)

