El orden natural de las cosas
Creyendo que mi nombre era un impedimento en el círculo literario, tan cerrado y tan caprichoso él, una tarde, después de comer lasaña de atún opté por acercarme al Registro Civil y cambiármelo. Y, ya puesto, también el apellido.
Así, en lugar del poco literario Adolfo Gidler, decidí que me llamaría Julio Cortázar. El problema vino cuando el funcionario que me atendió, un tal Alberto Niestein me confirmó que ese nombre, ese precisamente ¡qué carajo!, ya había sido registrado por otra persona. En concreto, por Juan Tresvueltas. Al comentarle que nombre y apellido se me habían revelado en una noche de insomnio causada por la ingesta excesiva de pepinillos en escabeche, el tal funcionario se quedo reflexionando mientras se rascaba el bulto de papeles que tenía bajo la mesa y de súbito chasqueó los dedos. Así fue cómo nació Augusto Torcázar. En concreto, nació bajo el signo de una equis, ya que por aquel entonces un servidor aún no había aprendido a escribir básicamente. Bueno, ni básicamente ni cualquier otra palabra, mucho menos un apellido. Años más tarde, cuando ya fui famoso y me encontraba a las puertas del segundo Novel (ojo, no confundir con el desprestigiado premio sueco) llegué por efervescencia a una conclusión espontánea. Quizá, no sé, tal vez o a lo mejor, ese gran pedrusco que en la adolescencia me había impedido avanzar por la senda de los grandes escritores fue causado, más que por el nombre en sí mismo por mi analfabetismo intrínseco.
Hecha tamaña reflexión (y, a punto de sufrir un cólico nefertítico), procedí a envolverla en papel de periódico, sopesando muy seriamente mi vuelta a los orígenes heráldicos. Pero, por un lado, debido a mi avanzada edad (cercana a la jubilación media de los grandes escritores, los fatídicos veinticinco años) y, por el otro, al hecho incuestionable de que mis muchos lectores, a fuerza de verme en todos los programas culturales de La2 y sobretodo en Gran Hermano XXV y Mira quien Baila, ya habrían guardado mi nombre postizo con letras de fuego en esa parte de la memoria donde suelen residir nombres tan ilustres y universales como: Coca-Cola, Blog y Euribor..., lo desestimé. En fin, que mayormente he creído oportuno no alterar el orden natural de las cosas.
No me miren así, que ustedes en mi lugar habrían hecho lo mismo.









unaovarios dijo
Jajajajaja increíble D. Augusto Torcázar!!!! Está Ud. sobresaliente...
Besos y ronroneos
18 Diciembre 2007 | 09:39 PM