Gafas
El otro día, mientras iba camino del trabajo, me encontré unas gafas por la calle. No es que me dedique a recoger la basura que me voy encontrando, pero éstas me llamaron la atención de inmediato. De hecho, me llamaron literalmente la atención. “¡Eh, tú! Sí, tú. El del abrigo negro”. Era evidente que se refería (o referían) a mí, ya que en ese momento no había nadie más. El caso es que me acerqué con cautela, así de lado como si tuviera un defecto de visión que me hiciera mirar de refilón y le (o les) pregunté “¿Qué quieres/queréis?”". “Cógeme”", me ordenó. “Cógeme, pontemelas y verás cosas sorprendentes, entes, entes. Te mostraré la realidad de las cosas, osas, osas...” Primero pensé que estas gafas iban fumadas o algo mejor, ¿la realidad de las cosas?, ¿a qué se refería? Con cierta suspicacia las recogí del suelo y las miré de cerca desde todos los ángulos posibles. La verdad, parecían unas gafas corrientes y molientes, con una montura plateada y bastante clásica, por cierto. Los cristales, en cambio, sí eran un tanto peculiares, más bien psicodélicos, como un tornado de colores gravitando alrededor del centro. No daba sensación de poder ver nada a través de ellos, y menos la realidad esa, esa, esa... Pero, las gafas volvieron a insistir con que me las pusiera, que si la realidad esto, que si patatín, que si patatán. Yo dudaba, no por las gafas, pero de siempre que he sido un pelín orgulloso y eso de que me diera órdenes un ser inanimado, producto probable de mi enfermiza imaginación o de un sueño estrambótico, no acababa de digerirlo del todo. Al final, miré a lado y lado de la calle por si alguien estuviera gastándome una broma, una cámara oculta o algo parecido, y al no ver nada sospechoso, me las puse.
Primero pensé que, lo mismo, esa leyenda de las gafas de rayos-X no era tal y realmente existían. Me lo podía imaginar, jeje, sobretodo con la buenorra de mi vecina de enfrente. Pero, en cambio, lo primero que vi fue un gato negro con unas gafas de colores observándome de manera intensa desde el otro lado del escaparate que tenía enfrente. Parecía un gato intelectual con esas gafas tan extrañas, así que supuse que debía ser mi imagen real. O irreal, qué se yo. El caso es que comencé a pasearme de un lado a otro de la vidriera, como una de esas modelos anoréxicas de la alta costura, mientras levantaba la cola y movía los largos bigotes grises. De vez en cuando me detenía y me azuzaba los bigotes con la garra diestra. ¿O era la zurda? Siempre me he preguntado porqué los reflejos intercambian derecha con izquierda y no arriba con abajo. Cuando me cansé de admirar mi estupendo cuerpo felino, reanudé el camino al trabajo y, al doblar la esquina, casi choco con un cadáver. Es decir, con un muerto viviente, como los zombis de la película Titanic. ¿O era Resident Evil? Y, como una de las fobias que tengo desde que vi el Thriller de Bitchael Whiteson es a los zombis (la otra son los bocadillos de lentejas), me eché para atrás de un salto y me di con una farola que había por ahí. El zombi en cuestión me miraba con esa mirada tan característica como penetrante que sólo un zombi de verdad o Losantos puede sostener, mientras los gusanos de los pómulos se retorcían como en una orgía en el F.M.I. entrando y saliendo de sus encías podridas. Entonces recordé que lo que veía debía ser consecuencia de las gafas, me las quité y vi que el tal zombi no era más que uno de mis vecinos. En concreto el pijo de la escalera, directivo de última generación de una de esas empresas casi altruistas que tanto proliferan ahora y que se dedican a reunificarte las deudas a cambio de un pequeño favor en forma de interés nominal cuatro o cinco veces el oficial. Sus ojos seguían mirándome, sí, pero habían perdido ferocidad para volverse anodinos, insustanciales, vamos, como los de Rajoy . Me preguntó, con ese tono estúpido de superioridad que gasta, si me pasaba algo, pero le contesté que no, que me había mareado un poco al salir de la óptica con unas gafas nuevas y me las escondí en el bolsillo del abrigo. Cuando se iba, me las puse de nuevo y allí estaba otra vez el cadáver, perdiendo trozos de sí mismo por el camino, antes de desaparecer por la esquina.
Hasta la noche, que fue cuando las perdí cuando volvía a casa, hube de admirar muchas realidades personales, algunas chocantes, otra no, la mayoría con cierta coherencia. Así a mi jefe le descubrí un payaso triste en el anverso del cristal; el contable, con fama de putero y que no hacía más que acosar a la recepcionista, se mostró como un cerdo agridulce; la susodicha recepcionista, como un cervatillo nervioso; el director de ventas, al que se le acababa de morir el perro, como un ataúd con forma de chiguagua; una compañera de departamento a la que le cuesta coger el ritmo, como un vagón del AVE; otro que mentía más que un político, como PPinocho... En fin, amigos, que podría alargar el relato con más descripciones comparativas, pero me da que perdería la poca gracia que tiene. Si es que tiene alguna, claro, que tampoco lo sé.
Al final, como he dicho antes, perdí las gafas de vista (o ellas se perdieron adrede de mí) y desde entonces que cuando veo por la calle a alguien con gafas estrafalarias, me cubro las partes, o la parte. Por si acaso. Pues eso.









ronconpasas dijo
Ja ja ja, mi jefe hoy vió a la loba que antes era Caperucita (sin gafas), jajaja, que imaginación tienes...pues cuando el descubrió a la loba, estaba escribiendo lo de los especies...tuve que cerrarlo todo aunque la Caperucita ya se fue para siempre..
7 Noviembre 2007 | 09:42 PM