Mascotas
Como desde pequeñito sufro una variante de asma por alergia a los animales, en casa nunca hemos llegado a tener mascotas de las ‘normales’, esas con mucho pelo o pluma, cuatro patas y rabo o cola; así que suelo adoptar palabras o frases de la biblioteca municipal del barrio. No es por nada, pero soy del parecer que eso de comprarlas en una librería, con su pedigrí y demás, está muy bien, lo respeto, pero no tiene punto comparación con el cariño con el que te recompensan las otras, las adoptadas. El hecho de haber sido abandonadas por sus anteriores amos, las hace ser de lo más agradecidas y, os puedo asegurar, las acabas disfrutando el doble que las nuevas; además del dinero que te ahorras, claro. Como contrapartida, buena parte de ellas suelen tener algún que otro problema de salud. La mayoría tienen déficit de sintaxis o algún significado con displasia; las peores son las que tienen ceguera gramatical o alguna ortografía infecciosa. No las quiere casi nadie y al final muchas acaban siendo sacrificadas. Una pena, sí. Por no hablar de las que tienen problemas de personalidad. Sin ir más lejos, hace unos años tuve una palabra con delirios de identidad lingüística que se creía algo que no era (como Rajoy, vamos) Así que cuando la llamaba, me ignoraba la muy tozuda. Se hacía la sorda. Desgraciadamente una mala tarde murió cuando intentaba cruzar por un paso de consonantes, atropellada por una oración subordinada con exceso de adverbios, sin acentos y una tasa de diéresis en sílaba que no quieras saber. Qué disgusto me dio.
Tiempo después tuve una palabra que, sin saberlo yo, ya estaba preñada cuando la adopté y al cabo de un par de meses parió una hermosa expresión llena de entonación y significado profundo. Quise quedármela, para criar otras y vivir del cuento, pero el piso donde vivo es bastante pequeño y los vecinos se habían quejado ya varias veces de que vocalizaba mucho, sobre todo en las noches de luna nueva. Así que, la regalamos a un poeta en ciernes que la convirtió en verso y ahora vive feliz y contenta con otros versos en un soneto de amor. He quedado en ir a verla un día de éstos, pero me da vergüenza.
Entre otras cosas, porque ya empiezo a ser algo mayor y convivo con una frase hecha, que también está algo deshecha como yo debido a lo avanzado de su edad. Como a los dos nos cuesta horrores bajar las escaleras, le he enseñado a hacer sus necesidades en un cajetín de arena en la terraza, y así me ahorro bajarla a la calle. Aparte de comer frugalmente alguna que otra sopa de letras o roer los adjetivos que se me caen de la mesa, acostumbra a pasar la mayoría de horas muertas durmiendo a mi lado, en el sofá, mientras aguardamos la llegada del cartero con nuevas postales desde Mongolia. Cuando suena el timbre, levanta las vocales y se va a la puerta sin parar de mover el sufijo. Vamos, como yo.
Nunca hubiese imaginado que la felicidad se encontrara escondida dentro de un diccionario.










sinperdon dijo
Ja ja ja. Que grandes mascotas y que gran homenaje en forma de post.
Y una cosa, ¿las pones collar? ¿las vacunas?¿las sacas a dar un paseo?
Menos mal que no eres alérgico a éstas, pues esa alergia es epidémica aún...
Saludos
18 Octubre 2007 | 07:06 PM