Yo quiero ser mi antípoda
Los amos de La Coctelera nos piden, como tema de la semana, que digamos, de no ser nosotros mismos, quién nos gustaría ser por un día. La verdad, no puedo hablar por las demás gentes, pero en cuanto a mí, no estoy muy seguro de ser yo mismo casi nunca. Quiero decir que, si miro mi carné de identidad, veo una foto que es la mía, un nombre con el que me llaman a cenar y cuatro datos biográficos con los que el Estado me reconoce (y me controla). Pero nada más. Del resto, uno tiene que ir descubriéndolo y, lo que no, inventándolo, que es peor. Por eso, hace unos días que me despierto creyendo que soy una granjera neozelandesa de 25 años de ascendencia gallega, pelirroja, algo delgaducha y una nariz que ya le gustaría tener Rossy de Palma. El trance dura lo justo, hasta que llego a la taza del váter y las dudas se disipan por la cañería del desagüe, lo mismo que los sueños, que son desalojados por la rutina, y vuelvo a ser eso que los demás llaman "tú" o "¡eh, tú!" o incluso "¿tú?".
Toda esta confusión de identidad me estaba creando cierta angustia, la verdad. ¿Seré transexual? ¿Seré transformista? ¿Seré gilipollas? Así que la otra tarde, ya casi al borde de un ataque de pánico, me acerqué a la consulta del médico de la Seguridad Social (hay que estar al borde de algo para acercarse por allí) y me reveló que eso que me pasaba era por culpa de las antípodas . ¿Antípodas? Al principio no sabía si me hablaba de un síndrome chungo o se refería a un rasgo poco simpático de mi personalidad. Pues, no. Resulta que es un virus geográfico.
Por lo que parece, me decía, a resultas de la forma redondeada que tiene la Tierra, existe un lugar y su antípoda. Vayas donde vayas, siempre. Como no lo acababa de entender, me ofreció el ejemplo de 'si hiciéramos un agujero recto que atravesara diametralmente toda la Tierra hasta salir en el otro extremo... llegaríamos a Nueva Zelanda. Porque son nuestras antípodas'. Ahá, dije. Y pensé que debía ser algo así como la foto de uno mismo y su negativo. Todo el mundo quiere salir en la foto, pero nadie se acuerda del negativo. ¿Por qué? Yo no lo sé. Por eso, ahora, si me preguntan qué es Nueva Zelanda, siempre digo que es nuestra antípoda. Pero seguro que si se lo preguntan a uno de allí dirá que no, que los antípodas somos nosotros.
Qué mundo.
Así que, puestos a elegir, me gustaría ser por una vez en la vida mi antípoda y así, cuando me duerma (o se duerma) poder soñar conmigo y ser, por esa única vez, yo mismo.
Ah, y por vivir boca abajo, claro.







lamazmorradelandroide dijo
Grande, Sansar, como siempre antipodiano.
Fuerza y honor.
13 Septiembre 2007 | 09:11 PM