Mutaciones
El mayor peligro de engañar a los demás está en que uno acaba inevitablemente, por engañarse a sí mismo. Eleonora Dose
Cuando nací era un bebé. Un bebé normal y corriente, con forma de bebé. Vamos, como todos cuando nacemos: Medio metro, cuatro kilos, la piel arrugada, los párpados apretados, casi calvo, con un lloro estridente... El caso es que era un bebé. Fui un bebé de lo más normal hasta que, mis padres y yo, dejamos la clínica y nos instalamos en casa. Allí supe que tenía un hermano mayor.
Pero no era como yo. Era como un gato. Bueno, de hecho era un gato. Un gato negro, con sus bigotes, su cola y sus uñas afiladísimas. Y, sin desearlo, a los pocos días, yo me transformé en un ratón. Así, de repente. Un ratoncito, eso sí, duro de roer. Mis padres, no mostraron sorpresa alguna, al contrario. Se les veía encantadísimos con sus dos retoños. El caso es que la cosa duró unos cuantos años. Entretanto, a medida que fui creciendo, los juegos entre mi hermano y yo, entre el gato y el ratón, me obligaban a ser cada vez más diestro para llegar a mi ratonera con el menor número de rasguños posible. Hasta que un día sufrí mi segunda transformación y me convertí yo también en gato. Un gato gris con buenos colmillos. Mi hermano, en cambio, no se transformó. Siguió siendo un gato negro, pero rápidamente fue perdiendo ferocidad hasta acabar siendo uno de esos gatos capados que duermen casi todo el día encima de tus piernas.
La tercera mutación no se produjo hasta bien entrada la veintena. Por aquel entonces frecuentaba a una tigresa y, de tanto clavarme las uñas, tuve que hacerme domador. No era algo que deseara ser, pero las circunstancias me obligaban. De hecho, siempre es así, ¿no?
La tigresa y yo mantuvimos una apasionante pero tensa relación que llegó a su fin un día que, en un descuido mío, me arrebató el látigo y le gustó tanto su tacto que se transformó en ama. No creo ser una persona cerrada a nuevas experiencias, pero el recuerdo que tenía de mi infancia no apostaba por el dolor, aunque fuera placentero.
Sin tigresa, volví a mutar por cuarta vez, para convertirme en un halcón a la caza de alguna buena pieza. No tardé mucho en avistar una pequeña zorra emparentada con un cabrón con cara bovina, y me convertí en un cerdo. La zorrita y yo nos revolcamos por el fango durante un par de años hasta que el marido se enteró de lo nuestro, quiso cornearme y casi acabo en la charcutería del barrio.
En fin. Cansado de tanto trajín esta vez preferí mutar en algo más apacible y se me ocurrió convertirme en mosca. Una mosca común, sin mayor propósito que ir a salto de mata, volando, comiendo y frotándome las patitas. Una vida sencilla pero ciertamente gratificante. Y así, hubiese seguido de no ser por un mal día en el que caí en las redes de una araña, viuda negra para más señas. Por lo visto, la señora se había comido hacía tiempo a su último marido y se había quedado sin congéneres para procrear. Y, aunque me resistí, acabé por proporcionarle una descendencia espeluznante.
Por suerte para mí, cuando nació nuestro hijo número cuatro millones, una entomóloga de quitar el hipo pasó por nuestra telaraña de verano y decidió que mi parienta daría buen lustre a su colección de bichos raros. Yo se lo quise agradecer convirtiéndome en su perro fiel, pero ella rechazó elegantemente el ofrecimiento, diciendo que sólo le interesaban los bichos disecados.
Solo, de nuevo, transcurrieron varios años en que sufría mutaciones casi diarias, hasta el punto que agoté el catálogo y mi vida perdió sentido. Pero, cuando ya creía perdida toda esperanza y meditaba seriamente acabar mi vida convertido en una bacteria intestinal..., apareció ella.
Y, desde entonces que ya no necesito ser nada. Porque, curiosamente lo soy todo.








srta desconocida dijo
aaaiinnnsss... que lo eres todo, que bonito!!!
aunque esa imagen como mosca y como procreador de arañas será difícil de borrar.. :P
bicos
3 Septiembre 2007 | 10:26 PM