Reflejo
Un día, no recuerdo si fue por la mañana o por la tarde, pasé por delante del armario de la habitación y me detuve unos pasos más allá sin saber el porqué. El armario era de tres cuerpos con puertas correderas, una de las cuales, la del medio, era un espejo de arriba a abajo. El caso es que algo me llamó la atención, algo realmente extraño. Volví atrás, hasta situarme frente al espejo, y contemplé el reflejo de mi habitación. La cama desecha, la mesita con su lámpara y un libro de Murakami a medio leer, la cómoda coronada por la tele y la foto enmarcada de unas vacaciones en la nieve, las cortinas azuladas que ocultaban la ventana... y la alfombra a mis pies.
Nada más.
Porque faltaba yo. Es decir, mi reflejo. Y me entró cierto pánico. Pasé de frotarme los ojos a abrirlos tanto que, por un momento, pensé que acabarían cayendo y rodarían bajo la cama a esconderse. Con el corazón latiéndome en la garganta, me dirigí poco a poco al espejo del baño y, no sin cierta aprensión, encendí la luz. Y, sí, ahí estaba yo. Es decir, mi reflejo. Después de lanzar un hondo suspiro (como se suelen lanzar todos los suspiros) me empapé la cara con abundante agua para calmarme un poco los nervios. Lo justo, antes de recorrerme todos los espejos de la casa, comprobar, para mi tranquilidad, que en todos ellos me seguía reflejando y volver a la habitación. En ese seguía sin aparecer.
Enfrentado a la extraña singularidad, extendí una mano temblorosa para tocarlo pero no pude. No había cristal y la mano cruzó sin resistencia la frontera entre la habitación y su reflejo. Atónito por segunda vez, avancé muy despacito hasta situarme al otro lado y miré todo, incluidos los rincones más oscuros, como si acabara de descubrir la tumba de un faraón de una dinastía maldita. Al acabar, mientras pensaba en Alicia , me senté en el reflejo de lo que era mi cama desde donde pude ver lo que era el reflejo del reflejo de mi habitación. ¡Qué paradoja!, pensé.
Poco después, cuando pude reunir el suficiente valor, me levanté y fui recorriendo el resto de estancias en busca de mi reflejo perdido, pero no aparecía. Imaginé que algo urgente e inesperado le debía haber requerido y decidí en ese punto que, ya puestos, lo buscaría a donde fuera que se hubiese ido.
Pero, ¿dónde?
Al salir al rellano, me costó un poco acostumbrarme a la realidad simétrica del otro lado. Bajando por las escaleras, me crucé con la vecina del segundo que, en lugar de darme la espalda, como era costumbre, me dio los buenos días. Y, en el portal, vi al vecino del cuarto empeñado en meter media docena de cartas en su propio buzón.
Y, eso sólo fue el aperitivo.
Nada más salir a la calle, me encontré a un perro chiguagua esperando pacientemente a que su amo acabara de marcar territorio en una farola; un poco más lejos, los coches detenidos en un semáforo en verde, aspiraban el humo por el tubo de escape antes de salir marcha atrás en procesión; dos calles más abajo, un guardia con uniforme rojo se dedicaba a multar los coches bien estacionados mientras tres señores con apariencia de ejecutivos pintaban unos graffiti en la persiana de una tienda abandonada; en el escaparate de al lado, los televisores retransmitían las últimas noticias de la invasión de EE.UU. por parte de Irak y su líder, haciendo un llamamiento a los países árabes para que participaran en lo que denominó "misión de paz por la seguridad mundial".
Muchas cosas, y muy simétricamente extrañas, vi en la búsqueda de mi reflejo, las cuales obviaré para no alargar el relato. En todo caso, decidí invertir mi sentido común y... no tardé en dar conmigo.
(Y, aquí es donde me he quedado. Confieso que no sé cómo acabar el relato, así que... se admiten sugerencias).





srta desconocida dijo
Estabas a tu espalda, seguro. Te diste la vuelta y te reencontraste. Si es que, ¡¡que manera de perder cosas!!!
suerte que siempre acaban apareciendo las llaves, los números de teléfono, los mecheros y hasta uno mismo. Cuestión de abrir los ojos e invertir el sentido común.
bicos
PD ¡¡Vivan los armarios de tres cuerpos!!
27 Agosto 2007 | 10:33 PM