Pérdidas
La primera vez, perdí el ombligo. Fue dos semanas después de mi nacimiento y mis padres, en lugar de asustarse y preocuparse, que hubiera sido lo suyo, lo celebraron saltando de alegría y guardando el pequeño apéndice como un trofeo. No sé cuanto tiempo estuvo dentro de un pañuelo blanco en el cajón de la cómoda. Sólo sé que una mañana mi madre, escoba en mano, persiguió al gato por toda la casa lanzando blasfemias e insultos irreproducibles aquí.
La segunda vez perdí el dedo meñique de la mano izquierda. No me preguntéis porqué ese precisamente. El caso es que tenía siete años y estaba jugando en la arena con mi pala, mi rastrillo y mi cubo amarillo cuando ¡plof! se cayó. Así, sin más. Recuerdo que lo cogí con la otra mano y lo miré algo sorprendido. Intenté volver a colocarlo en su sitio pero no hubo manera. Así que, como tampoco me dolía, lo puse en la bolsa de las canicas y los clicks de Famobil y seguí jugando. Total, un meñique es sólo un meñique. A la mañana siguiente mi madre se percató de la falta y puso el grito en el cielo. Fuimos a buscarlo pero ya no estaba. Y el gato se relamía.
Lo siguiente fue la mano derecha, toda enterita ella. Ocurrió un par de años después, mientras lanzaba una pelota de tenis reconvertida en pelota de béisbol a un vecino de rellano reconvertido en bateador. El chico hizo el homerun de su vida ya que la pelota junto con la mano salieron disparados a la ventana de nuestro salón, atravesaron el cristal haciéndolo añicos y acabaron junto al gato que, por aquel entonces, ya no cabía en su cojín y pasaba las horas muertas en el sillón de mi padre.
En casa se alarmaron. No era sólo que el niño perdía partes de si mismo como un árbol de hoja caduca, si no que además estaba el gato, que cada día estaba más gordo a costa mía. Para lo primero, decían que podía ser una enfermedad, pero yo sabía que estaba sano. Me llevaron a los médicos y después a los especialistas y después a los curanderos y después...
Nadie encontró una explicación.
Para lo del gato, tampoco.
Con el tiempo se me fueron cayendo más cosas: Un día un pie, otro día una oreja, el antebrazo izquierdo, la pierna derecha, un ojo... Y, a pesar de que mis padres no perdían de vista al gato, éste se fue haciendo más y más grande, hasta el punto que le tuvimos que construir una casita adosada de dos pisos con ascensor y parking.
Ahora, mientras escribo estas líneas, tecleando con un palito sostenido por mis labios, me he dado cuenta de que sólo me queda la boca y una ceja, la izquierda. La levantaría con mucho gusto para qué vierais que no he perdido el sentido del humor, pero me preocupa que salga disparada al techo y el gato la coja al vuelo.
De todas formas, pienso que tampoco es algo tan insólito ir perdiendo partes de uno mismo a lo largo de la vida.
¿No?











srta desconocida dijo
Se pierden algunas partes, pero lo bueno es que somos como las estrellas de mar, como los rabos de lagartija que siempre se regeneran; a veces para ser exactamente iguales al original, otras para ser una versión evolucionada y mejor de nosotros mismos; que al fin y al cabo somos más que un par de brazos, o unas cejas saltarinas.
Y esa esencia nuestra no se pierde, de eso estoy segura.
:)
bicos
2 Agosto 2007 | 09:17 PM