Sosa cáustica
Desde que descubrí "esto de los blogs" (frase mítica), me maravillo de la ingente cantidad de historias que te puedes llegar a encontrar. Muchas de ellas explican cosas sencillas y cotidianas que su autor relata de manera amena y muchas veces divertida. Qué envidia.
"Ayer hipotequé el piso para comprar el pan y me abducieron unos extraterrestres del grupo Planeta"
¡Joder, qué pasada!, pienso. Eso se llama concisión y lo demás son tonterías. Aunque luego resulta que el piso en realidad era una mansión de alquiler, el pan lo compraba su mujer y para colmo era integral. El pan, digo (si fuese el desnudo de su mujer, otro gallo silbaría).
A mí, en cambalache, no me suelen ocurrir hechos remarcables a los que ceñirme. Haciendo un repaso a mi pueril existencia, me doy cuenta que ya desde el mismo instante de nacer en un monasterio del Escorial, mi vida ha sido un transcurrir bastante monótono, de un color gris perla de lo más ordinario. Nada destacable que a nadie no le haya ocurrido ya antes y que se suela comentar con humilde modestia entre carajillo y caliqueño. Así de memoria…, no sé…, que yo recuerde…, hmm…, soy fruto maduro e ilegítimo de una relación entre una princesa de Mongolia con síndrome de abstinencia y un Gran Duque de Groenlandia bajito y algo mujeriego. Como no se pusieron de acuerdo con las revistas del corazón por lo de la exclusiva, nada más cortar el cordón bleu que me unía a mi antecesora, me vendieron en leasing a una rica familia humilde elegida ante notario. Mis padres, ambos dos adoptados, trabajaron ardua y duramente en la siembra y recogida de la remolacha semidulce. Una variedad muy apreciada en los circuitos gástricos. Y todo para darme unos estudios dignos, aunque al final sólo diera para uno sólo de 25 m2, el cual, por cierto, compartí con mis otros doce hermanos andorranos ( jugadores todos ellos de paddle de salón-comedor) y un primo que tocaba piezas sueltas de Tchaikovsky con un palillo Stradivarius del siglo XVIII en la boca.
Ya de pequeño decían que era muy poco superdotado para la edad. Eso me creó un complejo bastante simple que me hacía recitar la lista de los Reyes Godos con las orejas en una variante no homologada (todo hay que decirlo) del lenguaje de los sordomudos. Lo de las asas se debía a que, durante varios semestres, una rara enfermedad causada por un hongo en mal estado que vivía de alquiler en la 2ª rejilla del aire acondicionado de la terraza, me fue agarrotando los dedos índice, corazón y anular de ambas manos. Hasta tal punto llegó, que lo único que podía hacer con las manos de las extremidades superiores era el famoso saludo surfero. Saludo que con posterioridad puso tan de moda el también célebre deportista Pocholo , plusmarquista mundial de la esnifada de 100 metros lisos. Es curioso pero, cuanto más hacía el venturoso saludo, más se me rizaba el cabello, se me desencajaban los dientes delanteros y pedía almorzar en el gimnasio. Mi padre, hombre sagaz, al observar tamaña mutación, exclamó preocupado que, de seguir así, acabaría de recogepelotas en la élite del fútbol municipal. Pero la verdad es que nunca llegué a sacarme las oposiciones. No es que no le diera bien al balón, pero me costaba la yema trasnochar más de tres días seguidos. Y, claro así...
En mitad de la adolescencia (concretamente entre la s y la c) mi vida dio un giro espectacular de 180º grados y por sorprendente que parezca logré caer de pies (de algo había de servirme nacer el año chino del gato hidráulico). Después de hacer la respectiva reverencia a un público menos que entusiasta, los jueces no quisieron obsequiarme más que con un 9,6 de media. Una buena puntuación en cualquier escala de Richter, pero que no me sirvió para pasar al siguiente desfase. Ergo presenté una solicitud en el Ministerio de Solicitudes para trabajar de Au pair en cualquier país con la condición expresa de que fuera extranjero. Me daba igual si mucho o poco pero esa era condición sinequanon, ya que veía que era la única forma de poder asimilar con garantía de 2 años otra lengua distinta al castellano garrulo que había aprendido en la tangente de Barcelona. Después de largos minutos de espera me mandaron en el metro de alta velocidad a Córdoba, provincia de Argentina, con una familia peruana que hablaba catalán en la intimidad. A pesar de que al principio saludé por educación, teníamos que entendernos por interposición de un psicoanalista barbudo pero de fuerte timbre agudo hasta que pocas décadas más tarde fui capataz y adquirí el suficiente vocabulario y soltura como para poder dialogar con mi segunda personalidad sin caer en esquivos circunloquios.
Aprovecho para abrir un paréntesis ( y si me acuerdo ya lo cerraré al final.
Por esas fechas me inscribieron a unas Olimpiadas de la Cerveza de las que guardo un ingrato coma etílico. Fui medalla de oro en lanzamiento de Xibeca y tercero en la prueba de Malta. Lástima que el día antes de la graduación me detectaran agua con gas en la orina y fuese expulsado ipso facto por doping. Qué vergüenza pasé. Al volver cariacontecido, la federación alcohólica de mi país me despojó de la prestigiosa Beca Voll Damm y además me prohibieron que me acercara a menos de 12,38º de cualquier balneario de aguas termales.
De vuelta a la Universidad, me saqué la carrera de obstáculos y entré de inmediato a trabajar en el Ministerio de Fomento. Por increíble que parezca, mi labor no era chupar los caramelos Mentos (ni siquiera los no usados), sino procurar que las vías de circunvalación estuviesen lo peor acondicionadas posible. Algo que no me daba mucho trabajo, la verdad. Por lo que, de vez en cuando, inventaba alguna nueva señal de tráfico, más que nada por desorientar. Si bien, la mayoría de horas muertas las pasaba al forense y aprovechaba para hacer algo instructivo. Por ejemplo, me dedicaba a ver fotos de guarras por la Internés. Un, dos tres… Responda otra vez.
Todo fue sobre llantas hasta que, en un descuido, pillé el síndrome de los pies con sabor ligeramente a panceta y el veterinario me recomendó que mejor me dedicara a los vegetales sin raíces ni puntas. O eso o me ponía a trabajar en un Burriquín .
Lo tuve claro, puse un anuncio en el diario que salía mensualmente y a los dos días y medio me llamó un asturiano piloto de Fórmula Magistral para intercambiarnos los hobbys. Ahora colecciono motas de polvo Gran Reserva con certificado de destino. Tengo de casi todas las clases y lugares: de hogar, de estantería, de biblioteca, de caja fuerte, de museo... voy tras una muy apreciada del desierto del Gobi, pero tiene novio. Dice.
Por aquel entonces, las desgracias hacían cola en el supermercado de la esquina y me casé. Así, sin más. Bueno con la ayuda de un monaguillo y de una voluntaria. Diréis que fue una excentricidad por mis partes, pero la familia de la que ahora es mi mujer estaba celebrando la Semana Fantástica y decidieron poner a su primogénita de oferta. Intenté sustraerla pero llevaba un cacharrito de esos colgado de la oreja que pitaba y al traspasar la puerta me trincaron. No tuve más bemoles que pasar por caja. La publicidad decía que a quien se la quedara, le harían un 40% de descuento por su hermana mayor. Pero resultó ser un timo. La otra era una burda copia hecha en China y a los dos días se hizo una operación de cambio de seso, se apuntó a las juventudes geriátricas de un partido político muy apreciado en el circuito inmobiliario y, a partir de entonces, fue esculpiéndose en mármol un nombre en cursiva, para pasar a la historia de la tipografía Arial .
Hasta la fecha hemos tenido dos hijos gemelos que no se parecen en nada y a nadie. Uno ha salido al videoclub (no creo que tarde) y el otro tiene cara de no dormir por las noches. No es que sean malos chicos, pero a la que me descuido son algo traviesos. El otro día sin ir más lejos encerraron a su abuela la solterona en la lavadora y la centrifugaron. Ahora parece lavada con Perlan y en el barrio nos empiezan a llamar los Mimosín . Da miedo. El único problema es que se pasa todo el día saltando encima de las toallas y tenemos que ducharnos con el periódico del domingo. Al final, le dije a mi mujer que no podíamos seguir así y que debía hacer algo rápido y práctico.
Me compró un matasuegras .
Matarla no he podido, pero la tengo destrozao los nervios.
Y asín van pasando los días, que diría el poeta. Como podéis comprobar una vida sin sustancia, anodina, sosa cáustica en definitiva.
Si alguna vez me ocurre algo digno que contar, descuidad que ya avisaré por megafonía. Mientras, tendréis que conformaros con yutubs.
Ah, sí, por poco me olvido. Aprovecho para cerrar el paréntesis).
Hecho.






am_zoo dijo
Tú eres muy del barça, verdad?
16 Mayo 2007 | 10:19 PM