El texto del viernes: El autobús de la línea 24
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Ayer iba yo de pie y con el autobús a rebosar (en medio mismo del populus, como lo llamaba alguien). Iba apoyado distraídamente en una de las barras de la plataforma central del 24 (no confundir con el B-24, en el que realiza sus largos viajes mi amigo Pérez Andújar) cuando oí que a mi lado una mujer hablaba por su móvil y decía: "Voy a bajarme ahora, en Fontana. Tengo 48 años, pero no sé si los aparento. No soy guapa ni fea. No ha de ser difícil que des conmigo".
Iba junto a mí, al lado mismo, pero de espaldas, de modo que no le podía ver la cara, a menos que diera dos pasos (imposibles) para ponerme delante de ella o hiciera un gesto con la cabeza muy forzado que habría quedado, en el autobús tan concurrido a aquella hora (como sardinas en lata íbamos), muy poco natural.
Aquel "no soy ni guapa ni fea" me llegó al alma. Era una frase que había oído mil veces, pero que ahora escuchaba con intensidad desacostumbrada. ¿Se puede realmente ser algo intermedio? ¿Qué podía haber ocurrido en la vida de aquella mujer para que se valorara tan poco a sí misma y no tuviera problema en formularlo en voz alta? Tal vez era muy fea y entonces la frase tenía más sentido, porque prefería negar que era horrenda. ¿O simplemente le gustaba ser una mujer común, del montón, humilde, sencilla, de las que no llaman la atención? ¿Le gustaba ser modesta?
Junto a las preguntas, la curiosidad por verle la cara. Si no era horrendamente fea, tenía que ser guapa o tener una vaga tendencia a serlo. Me quedé plantado allí (no tenía, por otra parte, otro remedio que estar así, plantado) en medio de la plataforma del autobús, aguardando a que ladeara la cara o hiciera cualquier movimiento y pudiera ver su rostro. Pero no se movía, o no la dejaban moverse. Vista de espaldas, era bajita, vestía de forma muy corriente, llevaba una bolsa de El Corte Inglés que habría resultado un dato para identificarla más útil que aquel "no soy ni guapa ni fea". Por un momento, pensé en seguirla cuando se bajara en Fontana y ver con quién se encontraba, entrar de lleno en el comienzo de una novela real. Pero seguirla me pareció una excentricidad y, además, corría el riesgo de adentrarme en una aventura ni guapa ni fea y encima llegar tarde a casa.
Esperé pacientemente para verle la cara. Cuando el autobús se detuvo en Fontana, la mujer se giró bruscamente hacia mí sin mirarme para nada (debí de resultarle a ella también ni feo ni guapo) y fue hacia la salida. La vi en un perfecto primer plano. Un rostro de ojos verdes, muy bello, castigado por la tristeza y la modestia, y diría que por la desesperación. De pronto, nuevamente la tentación de descender del autobús tras ella. Bajó en Fontana y me quedé temiendo que en la calle su belleza se actualizara a cada instante, según el aspecto del rostro de los otros.
[...]"
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Por Enrique Vila-Matas
Artículo completo en El País


ymiki dijo
Sansar, sí, sí, esto que has escrito es muy bueno.
lo de la belleza actualizándose... jö dër
1 Diciembre 2006 | 10:51 AM