El hombre invisible
Salgo de casa y voy calle abajo cuando, de repente, veo a un tío tirado en la acera. Está sentado, la espalda apoyada en la pared, los ojos cerrados, la cabeza caída, las manos en la barriga, los dedos entrelazados sujetando el móvil.
Aminoro el paso y le echo un vistazo buscando alguna señal de vida. Imposible saber si está vivo o muerto. Miro alrededor, a la gente que en ese momento se cruza con nosotros, y nadie le presta atención.
Pero no me detengo.
La inercia me hace seguir mi camino dos calles más, hasta donde me dirijo y, mientras hago lo que he venido a hacer, me viene a la memoria una noticia que leí hace tiempo. En Nueva York, a primera hora de una mañana laborable, un tío se monta en el metro. Va a trabajar. Se sienta en uno de los asientos. El vagón se llena de gente. Antes de que llegue a su destino, le da un infarto (o una embolia) fulminante y la palma. Ahí, sentado. En silencio. Rodeado de peña.
Nadie se da cuenta.
El pobre hombre, ya cadáver, mantiene la postura en el asiento. Parece que duerme. Va de punta a punta de la ciudad y vuelta a empezar. Así todo el día. Arriba y abajo. Paseando el fiambre. Decenas de personas se sientan a su lado sin notar nada extraño. Centenares comparten el vagón en algún momento del viaje. Miles, diría. Nadie lo ve. Hasta que, ya de noche, esa unidad finaliza sus viajes reglamentarios, entra en las cocheras y el último maquinista, justo cuando se va a largar a casa, lo ve y lo zarandea suavemente. “¡Amigo, despierte!” Pero el amigo, sin buscarlo, ya se ha convertido en noticia pintoresca, metáfora involuntaria de la nula comunicación de nuestra sociedad urbana. A la mañana siguiente, en un giro irónico, su muerte ha dado la vuelta al mundo.
Cuando acabo lo que he ido a hacer, vuelvo sobre mis pasos y noto que voy más rápido que de costumbre. Miro con ansia a lo lejos, donde antes estaba el hombre tirado, esperando descubrir a un coro de personas, a un coche de policía, una ambulancia... ¡ninoninonino! Algo, joder.
Pero no veo nada de eso.
Tampoco lo veo a él. ¿Se habrá marchado?
No. Sigue ahí. Tirado en la misma postura que cuando he pasado a la ida. Sigue sujetando el móvil con las dos manos, pero ahora tiene los ojos abiertos y me mira mientras me acerco calle arriba. ¿Sonríe?
Me mira fijamente porque yo lo estoy mirando. ¿Sonríe?
Parece que está bien. Un borracho o un tarado. Vete a saber.
Dos chicas casi tropiezan con él. Se ríen.
Paso por su lado y me doy cuenta de que nadie le presta atención.
Ya falta poco para llegar a casa.


Mercedes desde Suecia dijo
Tu historia me ha hecho venir a la memoria otra historia, que sucedió en la realidad en un hospital de BCN. Un amigo mío médico me explicó que le trajeron a la sala de espera un paciente en silla de ruedas, desde una planta del hospital. La enfermera avisó a mi amigo de que el paciente estaba sospechósamente quieto. Se había muerto allí mismito, en medio de la gente. Sin llamar la atención de nadie, se lo volvieron a llevar discretamente en su silla de ruedas. Así en un suspiro se te puede escapar la vida...
28 Noviembre 2006 | 09:42 PM