La Coctelera

Postales desde Mongolia

· Nunca convencerás a un ratón de que un gato negro trae buena suerte ·

5 Noviembre 2006

¡Bang!

Era un pueblo fantasma. Uno de aquellos pueblos montañosos que lentamente se fue vaciando a medida que avanzó el progreso. En sus mejores tiempos, sin embargo, no había llegado a albergar más de una docena de casas, poco más de medio centenar de habitantes. Aislado en medio de un valle acuchillado por altas montañas, había existido y había desaparecido sin llamar excesivamente la atención. La agricultura, la ganadería y algún que otro contrabando fueron el modo de subsistencia durante siglos. El único servicio social que existió fue una iglesia que los feligreses utilizaban para reunirse los domingos y demás festivos de guardar. Ni siquiera hubo escuela. Para ir, los niños se desplazaban a pie sus buenos tres o cuatro kilómetros al pueblo vecino por un serpenteante camino de tierra, empinado y agreste, que en invierno, con la nieve, multiplicaba su dureza.
Cuando aquel verano del 89 pasamos allí las vacaciones, hacía ya tiempo que el pueblo se había reconvertido en un lugar de segundas residencias. La mayoría de casas habían sido compradas por gentes de ciudad y solían emplearlas para pasar solamente los fines de semana y los veranos. En el mejor de los casos, las arreglaban o, en el peor, las derruían y volvían a construir, aunque siempre procurando conservar, por imperativo municipal, el mismo estilo arquitectónico.
En cierto modo, te gustaba porque te recordaba la tierra donde te criaste. Tanta montaña, tantos prados verdes, tanta vaca pastando libremente, los sonidos de la naturaleza, la amabilidad de la gente, la sencillez de vida. El agua que se recogía de una fuente que a su vez se alimentaba del riachuelo que a su vez corría paralelo a la casa, la electricidad que se generaba con un motor de gasolina, que no llegaba señal alguna de televisión o radio, que no habían comercios, ni nada o casi que en una hora a la redonda recordara a la civilización.
Que sólo había tierra y cielo y poco más.
Recuerdo que en los primeros días nos embargó una sensación de plenitud, arrullados como estábamos por el paisaje y la curiosidad que nos hacía explorar como un juego los alrededores durante interminables horas. También recuerdo que el día que sucedió, se había levantado como otro cualquiera. Nada especial. El sol imponía su majestuosidad desde el cielo y a ratos se hacía necesario buscar algún cobijo en las sombras. El bosque se balanceaba calmosamente entre una brisa leve y cálida. Las bestias, las aves, los insectos, el agua del río, las hojas agitándose... todo parecía perfecto. Todo parecía normal.
Todo parece ahora tan irreal.
Por eso, todavía me sigo preguntando qué fue lo que ocurrió. ¿Por qué actuaste de ese modo? ¿Qué te pasó? Tú no eras así.
Era cerca del mediodía y tomabas un refresco mientras nos distraíamos tirando piedras desde el pequeño puente que conducía a la casa. Piedras pequeñas que producían un sonido peculiar al ser engullidas por el río. "Glup, glup". No sé el tiempo que llegamos a pasar allí, bastante supongo, pero finalmente debiste cansarte y nos dirigimos al cobertizo. Había sido algo parecido a unas antiguas caballerizas y ahora se usaba de trastero para los cachivaches de la familia. Abrimos la puerta, nada más que por curiosear, y encendiste la bombilla. Frente a nosotros, casi como saludándote, una escopeta de balines permanecía colgada de una de las vigas de madera menos apolilladas. Tus ojos se iluminaron. Era casi un juguete. Pero también era algo que tú nunca antes habías llegado a tener. Nunca, a pesar que desde chico cada Navidad diste la murga con la esperanza de que cayera. Pero eso nunca ocurrió. Y ahora ahí estaba. Tu deseo hecho realidad. La escopeta. Tú escopeta… A pesar de que tenía otro dueño, pensaste que no le importaría demasiado que la utilizaras un par de horas para practicar la puntería. Nada más que para ver qué tal se te daba. Por pura diversión. Nada. Algo inofensivo.
Saliste con la escopeta al hombro y la caja de balines en mi bolsillo izquierdo y nos dirigimos a una cerca abandonada que en tiempos lejanos había servido para barrar el paso a los rebaños de ovejas. Apurando la lata de coca cola, la colocaste sobre ella y nos alejamos una treintena de metros. Abrí la caja de la munición y cargaste la escopeta con el primero de los balines. "Crac, crac" y la escopeta estuvo lista. Imitando a un tirador de película de serie B, vi como separabas las piernas, apoyando la culata en el hombro derecho, y situando la cara bien pegada a la mirilla, el ojo izquierdo cerrado, el derecho buscando la sincronía con el objetivo, el dedo acariciando el percutor, inspirando y... ¡Bang! La lata que saltó por los aires como por arte de magia. Me acerqué a ella y la volví a colocar en el mismo lugar y disparaste de nuevo. ¡Bang! Varias veces repetiste desde diferentes ángulos y distancias. ¡Bang! ¡Bang! Por increíble que pareciera siempre acertabas. Cosa de meigas. Parecía.
Reíamos.
A cada tiro, la excitación se multiplicaba. El arma, la liturgia, el lugar, todo formaba parte de una coreografía ya escrita con anterioridad. Abandonamos la lata y echamos a andar por el camino hacia la escuela. A intervalos, encontrábamos algo lo suficientemente pequeño y alejado para convertirlo en objetivo y nos deteníamos y disparabas. Una piedra, una rama, una señal del camino. Cualquier cosa. ¡Bang! No fallaste ni una vez. Cosa de meigas. Parecía.
Reíamos.
Hasta que llegamos a la escuela abandonada y lo vimos posado en uno de los ventanales rotos.
Era un ruiseñor. Un ruiseñor azul. De un azul intenso, como el cielo que antecede a la tormenta. No creo ni que nos viera, atareado como estaba dando saltitos mientras movía la cola de un lado a otro observando algo que le llamaba la atención desde el interior. No sé, quizás un insecto, quizás un pariente suyo, quizás sólo un destello del sol. Nunca lo supimos. Acababas de cargar la escopeta y eso hizo que todo lo demás se volviera inevitable. La tenías cargada y antes de que pudieras cambiar de opinión, antes de que yo consiguiera abrir la boca para detenerte ya le estabas apuntando.
Y disparamos. ¡Bang! Fue casi sin querer.
Lo que vino después ha quedado grabado a fuego para siempre en mi memoria. Primero llegó el silencio. Un silencio extraño que vino a alojarse en nuestro pensamiento. Después, el ruiseñor levantó el vuelo consciente de que algo malo acababa de ocurrirle, algo que no le permitió ir más allá del primer batir de alas, algo que le hizo precipitarse a los pies del derruido edificio. Como una hoja en otoño.
El corazón se nos aceleró, pero ya no era por la excitación. No, no, no. Echamos a correr en su busca. Corríamos y corríamos deseando no llegar nunca…
Pero acabamos por llegar.
Y vi que continuaba con vida. El balín le había arrancado la parte inferior del pico y abría y cerraba lo que quedaba de él intentando atrapar un poco de aire entre borbotones de sangre. Sus pequeñísimos ojos negros nos miraban aterrorizados y batía las alas removiendo el polvo del camino, en un intento de alejarse de nosotros. De huir de ti.
Miré tu cara. Estabas pálido. Sudabas. Y a mi me temblaban las manos. Nos agachamos a la vez.
-¿Por qué has hecho eso? -me pregunté.
¿Por qué?
Y te quedaste allí, sin saber que contestar.
Sin lograr apartar la mirada del ruiseñor azul.
Contemplando cómo se ahogaba en su propia sangre.
Sin poder hacer otra cosa que verle morir.
Te quedaste allí...
Mientras yo, ¡maldita sea!, me iba alejando lentamente de ti.

--------------------------------

Ayer, por la tarde, de vuelta en coche del partido de fútbol sala que el peque jugó en Mataró, atravesábamos un túnel y por el rabillo del ojo veía desfilar fugaces a mi izquierda los pilones que lo sostienen como fotogramas de una película anodina. En la radio sonaba algo de música pero demasiado flojita para prestarle atención.

-Oye, Papi… y tú… ¿cuándo dejaste de ser un niño?
-¡¿Cómo dices?!
- Que, ¿qué día ya no fuiste más un niño?
(…)

servido por sansar 20 comentarios compártelo

20 comentarios · Escribe aquí tu comentario

laluzenmi

laluzenmi dijo

Shoot all the bluejays you want, if you can hit 'em, but remember it's a sin to kill a mockingbird.

5 Noviembre 2006 | 05:36 PM

Srta Honeychurch

Srta Honeychurch dijo

Me ha encantado el texto, sansar.
No tengo yo certeza de cuando dejé de ser niña.
Ah bueno, sí, me acabo de dar cuenta en este momento. Fue una vez que a los 13 años me rompí una pierna y me llevaron a urgencias al Ramón y Cajal, un hospital enorme de Madrid.
Ese día había habido carreras de motos y pasaron por mi lado un montón de accidentados. Nunca volví a ser la misma. Desencadené un miedo, que todavía no puedo controlar, a veces.
Un abrazo.

5 Noviembre 2006 | 06:02 PM

srta desconocida

srta desconocida dijo

¿¿por que será que ese momento siempre suele estar asociado a algo relacionado con la muerte y el dolor?? yo creo que es esa consciencia súbita sobre nuestra propia fragilidad lo que nos hace madurar de golpe; simplemente un día sabes que podría perfectamente ser el último, que no hay nada que te aseguré que despertarás mañana...

5 Noviembre 2006 | 07:18 PM

laluzenmi

laluzenmi dijo

buena reflexión, srta desconocida.
sansar, he enlazado tu ruiseñor a mi halcón.

5 Noviembre 2006 | 08:30 PM

m

m dijo

Creo que cuando dejé de ser niña, fué un día de hospital, mi padre estaba agonizando y mandó sacarme rápidamente de la habitación. Ese día empezó a cambiarme la mirada.
jiji,,que preguntitas hacen los niños ¿ehh??

5 Noviembre 2006 | 08:34 PM

sansar

sansar dijo

@laluz: es un pecado matar al niño que llevamos dentro. Pero todos, tarde o temprano, lo hacemos. (joer, que frase más "tremenda" me ha salido). Gracias por el enlace. My baradar.
@Srta Honeychurch: Ayer tomando una cerveza con sinpa le comenté que sin darnos cuenta vivimos en burbujas de cristal. Y en algún momento algo o alguien le da un golpecito, se astilla y...
@srta. deconocida: y eso hace que todo sea diferente.
@m: el peque es un jodio de narices. Pero me tiene enamorado.

5 Noviembre 2006 | 09:16 PM

sinpalabras

sinpalabras dijo

... y ya nada vuelve a ser lo mismo. Estuvo bien esa cerveza, a ver cuando lo repetimos. Y sobre el post... es que me ha gustado mucho, no he podido evitarlo. Yo no recuerdo en qué momento dejé de ser un niño, y no sé si eso es bueno o es malo.

5 Noviembre 2006 | 10:38 PM

sansar

sansar dijo

lo mismo sigue ahí, dentro de ti. Ese brillo en los ojos... Eso o es que habías dado un par de caladas, jajaja.
Un privilegio haberte conocido.
Repetiremos.

5 Noviembre 2006 | 10:50 PM

unsolete

unsolete dijo

Estoy haciendo un gran esfuerzo por... acordarme... del dichoso dia... en que dejé de ser una niña...
He llegado a la conclusión de que a pesar de los años (muuuuchos) no he dejado de serlo totalmente ¡¡¡por eso no me acordaba!!!
Es bueno tener algo de esa frescura de los niños, aunque se disipe pocoa poco... me hace sentir bien!
Besos, Mercedes.

5 Noviembre 2006 | 10:59 PM

sansar

sansar dijo

disfrutalo todo lo que puedas.
Después da morriña recordarlo.
besos guapa.

5 Noviembre 2006 | 11:03 PM

Rosario

Rosario dijo

Que buen relato... la vulnerabilidad, la niñez, la muerte, la ingenuidad. Dejar de ser niña? Me tardé, como me he tardado para todo, yo es que soy muy lenta. Y yo también quiero tomarme una cerveza con sinpa!

6 Noviembre 2006 | 12:04 AM

sansar

sansar dijo

y conmigo no?
que conste que yo soy más guapo!!!
besitos

6 Noviembre 2006 | 12:07 AM

sansar

sansar dijo

díselo sinpa.
¿A que soy casi tan guapo como engelson?

6 Noviembre 2006 | 12:12 AM

Cynthia

Cynthia dijo

Por dios Sansar, qué hermoso cuento. Todavía tengo la piel erizada y la respiración galopando por la nariz. No sé cuando dejé de ser niña, no sé si he dejado de serlo, tal vez porque busco en mis recuerdos y sólo escucho la voz azul del relato... puede que me acuerde y te escribiré.

No sé de Engelson, pero vaya que eres guapo, sobre todo cuando te ríes.

Besos

6 Noviembre 2006 | 01:58 AM

Rosario

Rosario dijo

Obviamente Chico guapo, lo doy por sentado.. contigo, con sinpa, con laluz, marta, etc. Con la Srta Honey ya me las tomé en agosto, con ella repito.
Besos!

6 Noviembre 2006 | 02:22 AM

Lestat

Lestat dijo

Buen texto y buena reflezión sr. Mongol.

Yo personalmente no abandoné nunca a ese niño, lo tengo más o menos escondido, pero siempre aparece de tanto en tanto para recordarme que la vida puede verse más linealmente y sin darle tantas vueltas a todo.

Un barazo

6 Noviembre 2006 | 08:09 AM

sinpalabras

sinpalabras dijo

El privilegio es mío. Y dejémoslo así, no vaya ser que alguien acabe llamando al Sr. Lobo...
;)

6 Noviembre 2006 | 07:48 PM

sansar

sansar dijo

@Cynthia: Mi maga particular. Te mando besos y sonrisas. @Rosario: Que así sea. Te tomo la palabra.
@Lestat: No disimules. Si estás hecho un chaval!! barazos pa' ti tb.
@sinpalabras: Eso, eso Déjemos al Sr. Lobo tranquilo :-)))

6 Noviembre 2006 | 08:08 PM

Davichof

Davichof dijo

Buen texto Sansar. No se, supongo que no hay una edad, quizás se deja de ser un niño cuando se acaba ese camino, en el que está todo señalizado, depronto se termina o te desvías ,y algo dentro de ti te dice que has de empezar a hacerlo tu, a currartelo con la sola ayuda de tus sentimientos, tus vivencias, la gente que te vayas encontrando...aveces, cuando llevas un trecho, te das cuenta de que tu camino te es familiar, las señales te suenan y aveces se vuelve a ser un niño. Un abrazo, como siempre, gracias por textos así.

12 Noviembre 2006 | 12:00 AM

sansar

sansar dijo

joder, gracias por comentarios así. Lo has "clavao".

12 Noviembre 2006 | 08:20 AM

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Con la llegada, en la segunda década del siglo XX, del comunismo a Mongolia, se suprimieron los apellidos para destruir el sistema de clanes, la aristocracia hereditaria y la estructura de clases del país. Setenta años después, con la caída de los comunistas, esta absurda medida se abolió y una gran mayoría de mongoles tuvieron que elegir un nuevo apellido. Muchos decidieron adoptar "Sansar" que en su idioma significa Cosmos.

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