¡Bang!
Era un pueblo fantasma. Uno de aquellos pueblos montañosos que lentamente se fue vaciando a medida que avanzó el progreso. En sus mejores tiempos, sin embargo, no había llegado a albergar más de una docena de casas, poco más de medio centenar de habitantes. Aislado en medio de un valle acuchillado por altas montañas, había existido y había desaparecido sin llamar excesivamente la atención. La agricultura, la ganadería y algún que otro contrabando fueron el modo de subsistencia durante siglos. El único servicio social que existió fue una iglesia que los feligreses utilizaban para reunirse los domingos y demás festivos de guardar. Ni siquiera hubo escuela. Para ir, los niños se desplazaban a pie sus buenos tres o cuatro kilómetros al pueblo vecino por un serpenteante camino de tierra, empinado y agreste, que en invierno, con la nieve, multiplicaba su dureza.
Cuando aquel verano del 89 pasamos allí las vacaciones, hacía ya tiempo que el pueblo se había reconvertido en un lugar de segundas residencias. La mayoría de casas habían sido compradas por gentes de ciudad y solían emplearlas para pasar solamente los fines de semana y los veranos. En el mejor de los casos, las arreglaban o, en el peor, las derruían y volvían a construir, aunque siempre procurando conservar, por imperativo municipal, el mismo estilo arquitectónico.
En cierto modo, te gustaba porque te recordaba la tierra donde te criaste. Tanta montaña, tantos prados verdes, tanta vaca pastando libremente, los sonidos de la naturaleza, la amabilidad de la gente, la sencillez de vida. El agua que se recogía de una fuente que a su vez se alimentaba del riachuelo que a su vez corría paralelo a la casa, la electricidad que se generaba con un motor de gasolina, que no llegaba señal alguna de televisión o radio, que no habían comercios, ni nada o casi que en una hora a la redonda recordara a la civilización.
Que sólo había tierra y cielo y poco más.
Recuerdo que en los primeros días nos embargó una sensación de plenitud, arrullados como estábamos por el paisaje y la curiosidad que nos hacía explorar como un juego los alrededores durante interminables horas. También recuerdo que el día que sucedió, se había levantado como otro cualquiera. Nada especial. El sol imponía su majestuosidad desde el cielo y a ratos se hacía necesario buscar algún cobijo en las sombras. El bosque se balanceaba calmosamente entre una brisa leve y cálida. Las bestias, las aves, los insectos, el agua del río, las hojas agitándose... todo parecía perfecto. Todo parecía normal.
Todo parece ahora tan irreal.
Por eso, todavía me sigo preguntando qué fue lo que ocurrió. ¿Por qué actuaste de ese modo? ¿Qué te pasó? Tú no eras así.
Era cerca del mediodía y tomabas un refresco mientras nos distraíamos tirando piedras desde el pequeño puente que conducía a la casa. Piedras pequeñas que producían un sonido peculiar al ser engullidas por el río. "Glup, glup". No sé el tiempo que llegamos a pasar allí, bastante supongo, pero finalmente debiste cansarte y nos dirigimos al cobertizo. Había sido algo parecido a unas antiguas caballerizas y ahora se usaba de trastero para los cachivaches de la familia. Abrimos la puerta, nada más que por curiosear, y encendiste la bombilla. Frente a nosotros, casi como saludándote, una escopeta de balines permanecía colgada de una de las vigas de madera menos apolilladas. Tus ojos se iluminaron. Era casi un juguete. Pero también era algo que tú nunca antes habías llegado a tener. Nunca, a pesar que desde chico cada Navidad diste la murga con la esperanza de que cayera. Pero eso nunca ocurrió. Y ahora ahí estaba. Tu deseo hecho realidad. La escopeta. Tú escopeta… A pesar de que tenía otro dueño, pensaste que no le importaría demasiado que la utilizaras un par de horas para practicar la puntería. Nada más que para ver qué tal se te daba. Por pura diversión. Nada. Algo inofensivo.
Saliste con la escopeta al hombro y la caja de balines en mi bolsillo izquierdo y nos dirigimos a una cerca abandonada que en tiempos lejanos había servido para barrar el paso a los rebaños de ovejas. Apurando la lata de coca cola, la colocaste sobre ella y nos alejamos una treintena de metros. Abrí la caja de la munición y cargaste la escopeta con el primero de los balines. "Crac, crac" y la escopeta estuvo lista. Imitando a un tirador de película de serie B, vi como separabas las piernas, apoyando la culata en el hombro derecho, y situando la cara bien pegada a la mirilla, el ojo izquierdo cerrado, el derecho buscando la sincronía con el objetivo, el dedo acariciando el percutor, inspirando y... ¡Bang! La lata que saltó por los aires como por arte de magia. Me acerqué a ella y la volví a colocar en el mismo lugar y disparaste de nuevo. ¡Bang! Varias veces repetiste desde diferentes ángulos y distancias. ¡Bang! ¡Bang! Por increíble que pareciera siempre acertabas. Cosa de meigas. Parecía.
Reíamos.
A cada tiro, la excitación se multiplicaba. El arma, la liturgia, el lugar, todo formaba parte de una coreografía ya escrita con anterioridad. Abandonamos la lata y echamos a andar por el camino hacia la escuela. A intervalos, encontrábamos algo lo suficientemente pequeño y alejado para convertirlo en objetivo y nos deteníamos y disparabas. Una piedra, una rama, una señal del camino. Cualquier cosa. ¡Bang! No fallaste ni una vez. Cosa de meigas. Parecía.
Reíamos.
Hasta que llegamos a la escuela abandonada y lo vimos posado en uno de los ventanales rotos.
Era un ruiseñor. Un ruiseñor azul. De un azul intenso, como el cielo que antecede a la tormenta. No creo ni que nos viera, atareado como estaba dando saltitos mientras movía la cola de un lado a otro observando algo que le llamaba la atención desde el interior. No sé, quizás un insecto, quizás un pariente suyo, quizás sólo un destello del sol. Nunca lo supimos. Acababas de cargar la escopeta y eso hizo que todo lo demás se volviera inevitable. La tenías cargada y antes de que pudieras cambiar de opinión, antes de que yo consiguiera abrir la boca para detenerte ya le estabas apuntando.
Y disparamos. ¡Bang! Fue casi sin querer.
Lo que vino después ha quedado grabado a fuego para siempre en mi memoria. Primero llegó el silencio. Un silencio extraño que vino a alojarse en nuestro pensamiento. Después, el ruiseñor levantó el vuelo consciente de que algo malo acababa de ocurrirle, algo que no le permitió ir más allá del primer batir de alas, algo que le hizo precipitarse a los pies del derruido edificio. Como una hoja en otoño.
El corazón se nos aceleró, pero ya no era por la excitación. No, no, no. Echamos a correr en su busca. Corríamos y corríamos deseando no llegar nunca…
Pero acabamos por llegar.
Y vi que continuaba con vida. El balín le había arrancado la parte inferior del pico y abría y cerraba lo que quedaba de él intentando atrapar un poco de aire entre borbotones de sangre. Sus pequeñísimos ojos negros nos miraban aterrorizados y batía las alas removiendo el polvo del camino, en un intento de alejarse de nosotros. De huir de ti.
Miré tu cara. Estabas pálido. Sudabas. Y a mi me temblaban las manos. Nos agachamos a la vez.
-¿Por qué has hecho eso? -me pregunté.
¿Por qué?
Y te quedaste allí, sin saber que contestar.
Sin lograr apartar la mirada del ruiseñor azul.
Contemplando cómo se ahogaba en su propia sangre.
Sin poder hacer otra cosa que verle morir.
Te quedaste allí...
Mientras yo, ¡maldita sea!, me iba alejando lentamente de ti.
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Ayer, por la tarde, de vuelta en coche del partido de fútbol sala que el peque jugó en Mataró, atravesábamos un túnel y por el rabillo del ojo veía desfilar fugaces a mi izquierda los pilones que lo sostienen como fotogramas de una película anodina. En la radio sonaba algo de música pero demasiado flojita para prestarle atención.
-Oye, Papi… y tú… ¿cuándo dejaste de ser un niño?
-¡¿Cómo dices?!
- Que, ¿qué día ya no fuiste más un niño?
(…)


laluzenmi dijo
Shoot all the bluejays you want, if you can hit 'em, but remember it's a sin to kill a mockingbird.
5 Noviembre 2006 | 05:36 PM