El horóscopo
El vagabundo hace dos nudos sencillos al descolorido hatillo, se lo carga a la espalda, se rasca la barba y, ajustándose la mugrienta gorra de pana, cruza la plaza hasta alcanzar una calle lateral que lo ha de retornar a los bajos de un puente cualquiera donde posee su morada. Es media tarde y como cada sábado, el vagabundo ha salido de su madriguera en su ronda semanal para acercarse hasta los aledaños de la plaza, porque es el lugar elegido en el pueblo por los mercaderes de la comarca para ofrecer sus productos. A esa hora, la plaza ha dejado de ser un hervidero de gentes para convertirse en una balsa de desperdicios; el otro mercado, aquél que sólo abre después del cierre, ha ofrecido sus despojos dentro de asépticos contenedores para que el vagabundo pueda llenar su cesto imaginario con todas las garantías sanitarias.
Ahora el vagabundo, con la despensa rebosante de migajas, baja por la calle con un hilo de felicidad cruzándole la comisura de los labios y, de vez en cuando, se le puede oír silbar una extraña y melodiosa canción que sólo él sabe interpretar. Ya en el hogar se apresta a deshacer el hatillo que descubre un tufo amargo y penetrante. Se pone en la boca una manzana con inquilino, lo escupe; bebe un trago del vino que le ha regalado el tendero, lo apura; fuma una de las colillas que ha recogido por el suelo, tose; y lee su horóscopo en un trozo de diario que envuelve la botella de vino; "Se verá cortejado por una persona que posiblemente ya esté comprometida, pero no le revelará el detalle porque su objetivo es vivir una apasionante historia de amor".
Excitado, el vagabundo limpiará con la gorra el interior y el exterior de su escondrijo, se mojará el cabello con vino, se peinará con una raspa de sardina y se echará humo de colilla recalentada en los sobacos. Recostado en una de las mugrientas paredes, dejará ir el alma errante por los parajes del deseo, a la espera de que esa persona que lo ha de cortejar aparezca y vivan una historia erótica, como pronostica el horóscopo.
Pero nadie vendrá, el vino y las colillas se acabarán y el vagabundo se sumirá en un profundo sueño, no sin antes maldecir a los astros sin saber que ese horóscopo no era el del día.
Música de fondo: Manolo García - Pájaros de barro.


Davichof dijo
Creíame yo que la ventaja de ser vagabundo es que ya no te crees nada, jodido vino. Una historia sencilla y bien contada, Sansar. Un abrazo.
10 Septiembre 2006 | 11:21 PM