La chispa de la vida
Fue a principios de junio. No sabría decir la hora exacta, pero sé que ocurrió durante la hora de la siesta. Hacía calor, bastante calor, aunque no el suficiente como para pensar que sucedería. Tal vez la temperatura no tuvo nada que ver. Tal vez sólo fue la gota -esa famosa gota que todo lo jode- que necesitaba para reventar. No lo sé, digo, no conocía al finado y no llegué a saber si sufría de alguna malformación congénita o algo parecido. Si tenía el colesterol orbitando la luna o si fumaba como un descosido -como Santi Carrillo y ya ven ¡91 tacos!-. No sé, lo mismo fue el destino, qué sé yo. Me imagino al que nos lo asigna diciendo: "Bueeeeno. A ti por ser tú te va a tocar un infarto fulminante a los 46 años que no te va a dejar ni despedirte del periquito. Se sienteee."
La cuestión, digamos, es que uno no elige lo que le toca. Queremos creer que sí, que somos dueños de nuestro destino. Que si las cartas las reparten pero nosotros las jugamos y tal y tal. Es posible, es posible, no digo que no. Pero en este caso lo único que debió poder elegir el pobre hombre fue la postura en la que quedó al derrumbarse. A ver..., ¿cómo me despido de este mundo?, ¿boca abajo mordiendo el polvo, abrazando el cielo o decúbito lateral izquierdo?
Pues eso. Ahí estaba el tipo a media tarde de un sábado cualquiera de principios de junio, jugando un partidillo de tenis con su hijo en la pista cementera y cutre de un camping playero, cuando, después de intentar un revés cruzado -ojo, son mortales si se ejecutan bien-, se desplomó.
-¡Papa! -quiero imaginar que gritó su hijo. No Papá, sino Papa (con acento llano) que era como llamaba yo al mío.
Cuando llegó hasta él ya estaba inconsciente.
A las dos semanas, los del camping ya habían organizado un Torneo Memorial y ahora creo que están recogiendo firmas para que una de las vallas oxidadas lleve su nombre.
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Aquel fatídico día hicimos campana, ya no recuerdo porqué. A la semana siguiente, me lo explicó el peque mientras nos comíamos la barbacoa de rigor en nuestra parcela. Lo contaba atropelladamente, con esa ansiedad infantil que toda criatura muestra cuando ocurre algo que se sale del guión de "mundo perfecto donde todo lo malo no existe", ¿verdad, papi, verdad? La había palmado el padre de uno de ellos, los niños. Joer, ¿los padres no erais inmortales?
Al acabar el relato se hizo el silencio y me miró fijamente esperando una respuesta. Notaba como me escrutaba para detectar algún indicio de miedo, preocupación o, incluso, debilidad física. "¿Tú también la vas a palmar, neng?", debía estar pensando el cabroncete. No era el mejor momento para un sermón sobre la parca, así que, a toda leche intenté construir una frase trascendente o ingeniosa, recordar alguna cita famosa, esbozar un gesto, algo que me permitiese salir del lance de manera mínimamente decorosa.
-Bueno... -dije, sin atreverme a mirarle mientras corté un trozo de butifarra negra y lo unté en alioli-,... estooo... ¿ves? por eso a mí nunca me ha acabado de gustar el tenis.
No sé si estuve muy afortunado, creo que no mucho, la verdad. Pero vi por el rabillo del ojo que sonrió nervioso sin saber muy bien porqué y, al poco, ya se estaba peleando con su hermano por el culo de coca cola que quedaba en la botella.
Apunté mentalmente: Comprar coca cola de 2 litros en el Mercadona.


srta desconocida dijo
Uff, hay preguntas con difícil respuesta. Pero si te consuela los niños son mucho más listos que los adultos. Yo aún recuerdo a alguno contándome como si tal cosa que la gente tiene que morirse, porque no cabemos todos a la vez en la Tierra, y que el cielo es un sitio mucho mas divertido desde el que vigilan que nos portemos bien y seamos buenos. Para los niños la vida es mucho más sencilla, y la muerte también. Lo peor es para los adultos; a veces también querría creer en ese cielo, en esa lógica perfecta...
21 Julio 2006 | 07:43 PM