¡Toc, toc!
Hace poco, una buena amiga bloguera me aconsejaba que estuviera atento a las casualidades.
Está convencida (y yo también) que nuestra realidad está preñada de puertas que comunican con otras realidades que viajan en paralelo (y no me estoy refiriendo a ninguna del tipo capítulo de la serie "La zona muerta", no). Esas "otras realidades" están en el mismo plano espacio/tiempo que la que disfrutamos, pero por alguna extraña razón no podemos acceder a ellas, salvo que ellas mismas quieran, claro. Sólo entonces, nos podemos dar de morros con una y tener la posibilidad de traspasarla (otra cosa es que lo hagamos). Algunos, en situaciones desesperadas, lo llaman "subir al último tren", da igual si al poco tiempo vuelve a aparecer otro "último" tren entrando por nuestra estación. Sobretodo se trata de aprovechar una buena oportunidad, sea del tipo económico, laboral o sentimental. Aunque yo encuentro más auténtico lo de las puertas, ya que no están obligadas a llevarnos a mejor, tanto en un caso como en otro terminamos por ir de este momento conocido a aquel momento desconocido. Diferente, en definitiva.
El problema que le veo es que yo particularmente tengo serias dificultades para distinguir estas puertas comunicantes. Bueno, para ser sinceros, debo decir que, en general, tengo serias dificultades para "distinguir". Así, a secas. Mi nivel en esta cuestión deja mucho que desear. Sin ir más lejos anoche soñé que me cruzaba con Javier Bardem en una lavandería (¡no preguntéis, por Dios!) y no me daba cuenta hasta que se había ido y alguien me lo hacía notar: "¡Oye, qué ese era el Bardem!". Claro que si hubiese estado despierto seguramente habría respondido: "¡Y a mí qué coño me importa!". Pero es que cuando estoy consciente la cosa no va mucho mejor. Tengo amigos que son capaces de descubrir a un kilómetro de distancia a un famoso de medio pelo en mitad de una carrera de maratón popular, aunque vaya disfrazado. Yo, por no distinguir, no distingo ni a la gente anónima, aun pidiéndome la guía Campsa.
Pues ya no os digo lo de las puertitas.

Para no extenderme, el pasado viernes estuve hablando sobre cine y una de las películas que surgió fue Smoke. Una delicia de historia... Me encantó cuando la vi hace la tira de años y no sé por qué razón vuelvo, ahora ¿porqué ahora?, a desear verla otra vez. Al día siguiente, sábado, alguien en algún sitio de la blogosfera hablaba (¡qué casualidad!) de su banda sonora y, para rematarlo, el domingo en el suplemento de El País, Elvira Lindo acababa (¡no me lo puedo creer, o sea!) su siempre interesante artículo semanal desde Nueva York hablando ¿de qué?... ¡pues de Smoke, como no!
Os juro que no me sorprendió lo más mínimo. Hasta llegué a sentir cierta familiaridad con Harvey Keitel al mirar su foto (no me extrañaría que mañana lo encuentre haciéndome una de sus peculiares fotos frente a la esquina que me ha tocado habitar).
Es como cuando te quedas embarazada, o no puedes, que también pasa, y no ves más que bombos y bombos y más bombos por todos lados. ¿Es que antes no los había?
Por supuesto que sí. Sólo es cuestión de cruzar la jodida puerta.
¡Toc, toc!


rafael dijo
Eso va a ser cosa del maligno, ojo con las casualidades porque ocurren por algo.
7 Junio 2006 | 10:59 AM