La paradoja de Montblanc
Mi afición a los periódicos se remonta a mi niñez. Mi padre acostumbraba a leer El Noticiero Universal y al acabar, solía dejarlo como una especie de reclamo, encima de la mesa del comedor. Lo cual funcionaba a la perfección.
Recuerdo que no entendía casi nada de lo que leía. Por aquellos tiempos, la transición en España estaba en pañales y todo era muy confuso, incluso para un niño. Por eso, la sección más recurrente en esas mis primeras lecturas era la de Deportes, en la que el fútbol y mi Barça ocupaban un lugar preferente.
Después de El Noticiero (ya desaparecido) vendría El Periódico, que ofrecía un formato sencillo y claro, incluso para un adulto, y acabó por quedarse en casa durante muchos años.
Se dice que, para reafirmar su personalidad, los hijos suelen hacer lo contrario que los padres y, en consecuencia, imitan lo que hacen o hacían sus abuelos. En mi caso, cuando me independicé (y me tocó comprar el diario) cambié a La Vanguardia, el diario de mi abuelo.
En la actualidad suelo alternar entre éste y El País. Los sábados suelo comprar La Vanguardia y los domingos El País. Sí, soy un lector de diarios de los llamados domingueros. De lunes a viernes, a no ser que sea festivo, nada, pero en cuanto llega el fin de semana no puedo dejar de degustarlos. No sabría decir porqué (cualquiera de los porqués).
El caso es que este pasado domingo, me levanté tarde y en el quiosco del camping no conseguí encontrar ningún ejemplar de El País, por lo que volví a comprar La Vanguardia. En el Magazine, la revista que lo acompaña, encontré varias cosas interesantes. Entre ellas una carta de un lector de Pontevedra titulada “La conquista del tiempo”, que hacía referencia a un artículo de alguna semana anterior del mismo título pomposo que no he tenido el gusto de leer (ya he dicho que los domingos toca El País). La carta fue escogida como la más destacada, por lo que su lector/escritor recibirá una estupenda pluma Montblanc Bohème. En dicha misiva, el autor pasaba lista a una serie de males que nos acechan en “estos tiempos que nos ha tocado vivir”: consumismo atroz, competitividad feroz, materialismo (¿en Badajoz?) y, sobre todo gran cantidad de egoísmo.
Le seguía una serie de reprimendas en toda regla acerca de lo poco que nos preocupamos del mundo, “tan ocupados como estamos trabajando” (supongo que para hacernos ¿millonarios?).
Seguidamente aparecía en escena un nuevo “pecado capital”: La indiferencia, que mostramos ante las “tremendas noticias” que se suceden en los diarios o informativos. Es algo tan cotidiano que ha dejado de sorprendernos y hemos acabado convencidos de la imposibilidad de cambiar la realidad.
Zanjados los grandes reproches, entraban en escena los pequeñitos: Más trabajo, prisa, agobios y sin tiempo para nada (al leerlo incluso oía el claxon de los coches en un típico atasco). Esto último enlazaba con la alimentación, paupérrima porque “con tanta prisa terminamos por comer lo primero que pillamos”; el ejercicio, bajo mínimos; la introspección, no queremos saber ni cómo somos ni qué podemos mejorar de nosotros mismos.
¿La causa de todo esto? Que viajamos en una gran Noria que no se detiene jamás y que se retroalimenta a base de gastos y más horas trabajadas.
¿La solución? En primer término parecía no existir. Para el autor, los niños (por aquello de la candidez genética) son los únicos capaces de cambiar este entorno, pero crecen en un ambiente en el que el cariño, el afecto, el apoyo, la educación y la fuerza, brillan por su ausencia.
Pero en última instancia (como si se tratase de un gol providencial en el minuto 94) nos decía que todavía estábamos a tiempo. Nosotros ya no tenemos salvación, pero si les dedicamos un poco de nuestro tiempo a ellos, nuestros niños, mantendremos la esperanza de conseguir un mundo mejor.
Y mi pregunta es: ¿Cómo?
Porque si para que nuestros niños se conviertan en los redentores de nuestra realidad, debemos inculcarles una serie de valores que, debido a que ya no tenemos salvación, nosotros no podemos transmitirles… diría que la cuestión se convierte en una paradoja.
La paradoja de Montblanc, por ejemplo.


jadeblanco dijo
se vera muy linda su pluma MontBlanc, que yo particularmente encuentro muy de nuevos ricos. lo interesante sera si enchufe la paradoja, yo creo que no se percatara de nada, nada, y firmara de ahora en adelante MBnc...
Sansar me encanta el pais, pero leo La Jornadahttp://es.wikipedia.org/wiki/Oaxaca, aunque ya lo de rojilla en este pais apesta... seguro cancelo la suscripcion
18 Abril 2006 | 11:59 PM