Boicots idiotas

A vueltas con el gran tema de éste último trimestre del 2005, el boicot a los productos catalanes, he creido oportuno publicar dos artículos de El País. Uno es el de Javier Marías del suplemento dominical del pasado día 11 y el otro es el que publican hoy día 18 en la sección de España.
Por si hubiese alguna duda, creo que queda bastante claro que hoy en día la globalización hace inútil (y hace pasar por inutiles a quienes lo promueven y secundan) cualquier intento de boicot a quien quiera que sea.
El dinero no conoce fronteras ni sabe de nacionalismos.
La idiotez más idiota
De todas las ideas e iniciativas idiotas que a menudo se les ocurren a las gentes de nuestra época bastante idiota, una de las mayores es la de boicotear los productos de un país cuando su Gobierno se comporta de una manera que no gusta al Gobierno de otro, o le lleva la contraria, o no lo complace u obedece. Uno de los casos más conspicuos de semejante idiotez se dio hace un par de años, cuando la Administración americana idiota de entonces (ay, me temo que es la idiota de ahora) no sólo decidió que había que castigar económicamente a Francia por la postura de su Presidente Chirac en contra de la fraudulenta, delictiva e idiota Guerra de Irak que en aquel momento propugnaban Bush, Blair y Aznar, sino que además había que borrar la palabra “French” (“francés”) de la lengua de Shakespeare, o al menos de la de Elvis Presley. Recordarán que, en el apogeo de la puerilidad y de la idiotez, las patatas fritas, que en esa lengua se han conocido siempre como “French fries”, pasaron a ser llamadas por la Casa Blanca, la Cámara de Representantes, el Senado y todos los ciudadanos idiotas que se apuntaron a la idiotez mayúscula, “Freedom fries”, esto es, “patatas de la libertad”. Fue lo que más apareció en la prensa, pero es de suponer que, para ser consecuentes, los “French kisses”, que es como en el idioma de Dolly Parton se denominan los besos con lengua, se tornaron “besos libres”; las “French letters” (popular y cursimente, “condones”), “cartas de libertad”; la “French dressing” (“vinagreta”), el “aliño libérrimo”; la frase “to take French leave” (“despedirse a la francesa”) se debió de convertir en “despedirse por libre”, y así un montón de términos y de expresiones más en los que –qué falta de previsión– aparece el maldito adjetivo.
Asimismo, muchos americanos idiotas dejaron de consumir vinos y quesos originarios de nuestro vecino del norte, e imagino que, por tanto, esos patriotas idiotas dejaron de leer a Flaubert, Montaigne, Dumas, Baudelaire y Proust inmediatamente (si también cayó Houellebecq, miren, ahí, sin querer, fueron listos y salieron ganando); de escuchar música de Ravel, Debussy, Edith Piaf y Couperin; se taparían los ojos en los museos al pasar por delante de un Degas, un Manet, un Cézanne o un Géricault; se abstendrían de mirar tebeos de Tintín y Astérix, y sacarían de sus armarios, para rasgarla, toda prenda que en tiempos más armoniosos hubieran adquirido con etiqueta de Saint-Laurent, Gaultier, Givenchy o Dior. Una admirable tarea de vigilancia e inspección constantes.
Ahora, en España, se está llevando a cabo una campaña aún más idiota (lo cual parece difícil y ya es decir), que insta a la población a boicotear y abstenerse de productos catalanes. El idiota motivo es el desagrado que a una parte de los políticos nacionalistas españolistas les causa el nuevo Proyecto de Estatut diseñado y aprobado por la mayor parte de los políticos nacionalistas catalanistas. La campaña la conducen, con gran entusiasmo proselitista idiota, una serie de articulistas y locutores de radio que a estas alturas, supongo, y para predicar con el ejemplo, habrán comprado, para destruirlos, todos los ejemplares de sus libros publicados en editoriales como Planeta y Plaza & Janés, y habrán decidido no volver a firmar un solo contrato con ellas. Lo supongo, ay, pero me temo que al hacerlo hago el idiota, porque no he leído en ningún sitio que esos locutores de los obispos y esos columnistas del Abc, La Razón o El Mundo hayan renunciado, abnegada y pioneramente, a los grandes beneficios que sacan de su comercio con esas editoriales potentes. La idea, ya digo, es idiota a más no poder: “Prívense”, así amonestan a sus lectores y oyentes, “del fuet, el cava, la butifarra y el pan con tomate, y si les dan níscalos, comprueben que no son rovellons disfrazados, recogidos en Cataluña; no escuchen más a Serrat, a Peret ni a Mompou; no paguen un solo volumen de las ya mencionadas Planeta y Plaza, pero tampoco de Seix Barral, Lumen ni Ediciones B; no lean una línea –ni siquiera en el diario– de Marsé, Mendoza, Vila-Matas, Gimferrer o Azúa; ojo con comprar en taquilla un solo partido del Espanyol o el Barça, que se llevarán unos cuantos de sus euros madrileños purísimos (o andaluces, castellanos, murcianos o riojanos); miren cada cosilla que cojan, no vaya a estar envasada en Sabadell o Manresa, o distribuida por una empresa de Badalona o Reus; y cuidado con el papel que adquieran, que por allí hay muchas fábricas de ese negocio”; y así hasta el infinito. El colmo de la idiotez sería que se arengara ahora a los catalanes a boicotear a su vez a Madrid, Castilla, La Rioja o Murcia, y así tendríamos a toda la población española haciendo el completo idiota y perdiendo miserable e idiotamente su tiempo para mirar la procedencia de cada libro, medicamento, lata de atún, de aceitunas o sardinillas, folio y cuartilla, botellín de cerveza y bote de anchoas, para no contaminarse con lo de unas u otras regiones proscritas. Sería algo cómico, pero entre todos los idiotas de cada sitio lograrían hacerles la vida imposible e idiota a los idiotas que obedecen las consignas más idiotas.
¿'Made in Cataluña'?
El gran símbolo comercial de Cataluña, el cava, no es tan catalán en realidad. Las viñas del Penedès aportan una espléndida materia prima, pero buena parte de los proveedores están radicados en otras comunidades. La producción de una pequeña bodega de la zona incluye vidrio de una fábrica de Zaragoza -propiedad de una multinacional francesa-, corcho de Extremadura, cápsulas de la Rioja alavesa, etiquetas de Murcia y cajas de madera de Castellón, explica el consejo regulador. O sea, unidad de mercado en estado puro (si bien gaseoso), pese a que algunos se empeñen en ignorarlo. ¿Boicoteo al cava por el Estatuto? "La idea es idiota a más no poder", escribía Javier Marías hace una semana. Una frase que suscriben los proveedores no catalanes del cava. "La campaña es una solemne tontería. ¿Tiene alguna lógica que la crispación pueda poner en peligro puestos de trabajo en Aragón?", se pregunta José P., empleado de una de esas fábricas.
Las listas negras que corren por Internet han servido para duplicar las ventas del cava extremeño y, de rebote, para caldear algunas audiencias. Han provocado anécdotas como el agradecimiento -con toda la sorna- de un bodeguero de Valladolid, Carlos Díez, por las "desafortunadas" declaraciones de Josep Lluís Carod Rovira contra la candidatura olímpica de Madrid, que fueron la mecha del penúltimo boicoteo, y que han permitido a su empresa, Saboreal, sortear la amenaza de cierre. Y han suscitado también grandes paradojas. Bodegas Bilbaínas ha agotado ya todas las existencias de su cava, Royal Carlton. 96.000 botellas. Ni la enseña, ni el nombre de la bodega, ni la sede social -Haro (La Rioja)- hacen sospechar la existencia de algún lazo comercial con Cataluña. Ni por asomo. Y de ahí parte del éxito. Pero ese cava pertenece al grupo catalán Codorníu, cuyas ventas globales bajaron un 4% el pasado año -fundamentalmente por el boicoteo, según la empresa-. La caída es similar a la experimentada por el líder del sector, Freixenet, en 2004.
El cava es sólo un ejemplo. Sucede exactamente lo mismo con todo tipo de productos: ropa, muñecas, coches, gafas, cualquiera de los bienes y servicios que aparecen en las múltiples listas negras que circulan por ahí. Las empresas que los producen tienen sus domicilios sociales en Cataluña. Pero los proveedores son chinos, indios, alemanes, valencianos, andaluces, madrileños, de cualquier parte. El dinero no tiene patria, dice el tópico. Las empresas así lo ponen de manifiesto. Sólo hay que destripar cualquier producto de la estantería del supermercado para comprobar que detrás de la empresa que lo produce se esconden otras de origen muy diverso.
Hay mil ejemplos. Una de las muñecas más vendidas en España, de una conocida firma catalana, se fabrica íntegramente en Valencia, epicentro de la zona donde más incidencia está teniendo el boicoteo. El típico bote de pintura de uno de los grandes fabricantes catalanes contiene materia prima del Penedès -como el cava-, pero también de Rusia y Albacete. Los envases de plástico son navarros, y las latas de aluminio proceden de Portugal.
Esa diversidad es una constante. Una gran cadena de distribución textil con sede en el Vallès -el corazón industrial de Cataluña- compra "en España" el 40% del tejido: ni siquiera distingue entre proveedores catalanes y no catalanes. El resto procede de EE UU, Asia y otros puntos de Europa. Y la confección se realiza en su totalidad en el exterior: China, Marruecos y Europa del Este. ¿Ropa catalana? "Nuestros productos son catalanes y, en consecuencia, españoles y europeos. Es increíble que lo tengamos que decir a estas alturas", asegura el presidente de la patronal Fomento, Juan Rosell.
"Boicots como el actual no tienen sentido en una economía globalizada, en la que no existen productos absolutamente autóctonos de ningún tipo", abunda Juan José Guibelalde, presidente de Aecoc, asociación de fabricantes y distribuidores de empresas de gran consumo.
Las amenazas aisladas de cierre de depósitos en cajas de ahorro catalanas también suponen cierta incoherencia en términos de catalanidad. Con la expansión de sus oficinas por toda España, las cajas generan buena parte de sus empleos fuera de Cataluña. Si se cerraran cuentas masivamente, algo que según las entidades consultadas no ocurre, quienes más sufrirían serían las oficinas de fuera de Cataluña. Con empleados, obviamente, de origen no catalán. Cuando, hace pocas semanas, Ricard Fornesa, presidente de La Caixa, reivindicó la españolidad de la entidad, recordó que el 60% de la organización, incluyendo trabajadores, oficinas y clientes, está radicado fuera de Cataluña. Algo parecido ocurre con las autopistas: las radiales R-3 y R-5, en Madrid, son de capital catalán. ¿Hay que dejar de utilizarlas por ese motivo? ¿Qué pasa con los empleados?
La incitación al boicoteo tiene algunas caras fácilmente identificables, más allá del anonimato que ofrecen Internet y los móviles. Federico Jiménez Losantos agitaba en la radio de los obispos, la Cope, a finales de octubre: "Lo del boicot del año pasado va a ser una broma al lado del de este año". Curioso: el radiofonista tiene varios libros publicados en Planeta, editorial que aparece en varias de esas listas de productos perseguidos y cuyos dueños -la familia Lara- figuran en la propiedad de dos diarios tan distantes como el Avui y La Razón; su último libro en esa casa se titula El adiós de Aznar.


Fesnan dijo
Aunque suene curioso, lo mejor es boicotear a los boicoteadores
(me recuerda mucho a lo de: prohibido prohibir)
pero es que no queda otra,
es muy curioso que los que van de "libertadores" son los que menos promueven esa libertad.
Un comentario sobre la COPE : me hace gracia su última publicidad : "Gracias por escucharnos, somos libres." ¿seguro? , jajajajaja, ¡ no me digas ! , a quien pertenecéis ???, entonces imposible decir que sois libres.
18 Diciembre 2005 | 04:05 PM