No sé porqué lo he vuelto a recordar ahora, precisamente ahora: la cena… Bueno, sí, para qué engañarnos. Estoy en una carpa que los libreros de mi barrio han montado para el día de Sant Jordi, el día del libro, nuestro 'estimat dia del llibre’ rodeado de una marabunta de lectores a los que les huelen las axilas igual que a mí, o parecido. Después de dar dos vueltas a todas las estanterías, con un par de superventas bajo el brazo, buscando no sé muy bien qué, me he parado frente a una pila de libros. Tomo uno y veo que la cubierta azulada está rota en una esquina por la figura de una silla roja de oficina y por el pictograma de un avión que sobrevuela unas letras almodovarianas. Leo y releo el título y hay algo que me atrae, ¿será la palabra Tokio del final? Hace tiempo escuché que existen palabras fetiche que utilizan los de marketing para tentarnos, ya sea para comprar un libro, ver una película o votar a un partido político. La capital japonesa creo que es una de esas palabras. Bueno, todo lo que huele a nipón fascina, ¿verdad? Y si no, que se lo pregunten a Isabel Coixet.
Murakami, Toyota, Yokohama, Chin-Chan, ‘Kandemoor’... Si los traductores del título de la película “The Parent Trap” en vez de un sosísimo “Tú a Londres y yo a California” hubiesen añadido “con escala en Tokio”, estoy seguro de que las recaudaciones en nuestro país habrían subido un nada despreciable tanto por ciento. Qué poca vista, coño.
El caso es que hay en la tapa del libro algo que de forma extraña me resulta familiar y no, no es el título. Debe ser el nombre de la autora, María, ya que su apellido no me dice nada. ¿Cuántas escritoras que haya leído conozco con ese nombre? Mmmm, que yo recuerde ninguna. ¿Cuántas amigas, conocidas, saludadas conozco con ese nombre? María, María María… Pocas, poquísimas. Tal vez sea por esa rareza que, mientras contemplo su foto en el anverso, vuelvo a recordar ahora sí, precisamente ahora sí, aquella cena coctelera que se montó una noche de septiembre de hace casi cuatro años en un restaurante tailandés (otra palabra fetiche, ya ves). En ella gravitaba una chica de ojos enigmáticos y sonrisa reservada que, qué casualidad, también se llamaba María.
Hay acontecimientos que marcan un antes y un después. Anécdotas que se anclan en la memoria cual balizas y sirven para comprobar cada cierto tiempo cuánto has avanzado y cuánto has retrocedido por el camino y los desvíos que has tomado. Momentos que son una foto fija de uno mismo y que simplemente nos recuerdan que cualquier tiempo pasado siempre fue sólo anterior. Qué perogrullez.
Por ejemplo, ese escritor en mayúsculas con fobia de sí mismo.
“Internet nos acerca tanto a tanta gente de tan lejos que a poco que nos descuidemos, olvidamos que da una sensación de proximidad que a veces no se corresponde con la realidad. Entonces uno se da cuenta de las distancias que nos separan”, escribí hace cuatro años. Otras veces no es así, puedo decir ahora.
De todo aquello poco queda o casi nada. Saudade se hizo el ‘hara-kiri’ (fetiche, fetiche), Albanta desapareció tal como llegó, Retazos cambió el telar, Lestat alquiló el castillo y Laluz... Bueno, tengo entendido que sigue igual de encantador que entonces.
Y, en cuanto a mí, aquí estoy, de pie, que no es poco, con un blog que es la sombra de lo que fue (si es que alguna vez fue algo) y ahora con un libro de María, de Saudade, de Ymiki entre unas manos que, no sé porqué (o sí lo sé), me empiezan a sudar.
“Esperar me hace creer en los colores”, leo al azar en la página trece.
"Se trata de aceptar que estamos todos encerrados en una jaula, en nuestra jaula. El carcelero pasa y nos vigila. Pero cuando se da la vuelta es el momento de sacar la cuchara y continuar haciendo nuestro agujerito, el túnel por el cual algún día vamos a escapar.
Mientras tanto fingimos o aceptamos nuestra condición de prisioneros. Pero la cuchara siempre en la mano, escondida detrás de la espalda.
Un trabajo de mierda, una vida tediosa, una familia que no se termina de despegar, los fantasmas de cada uno, tan déspotas como el peor de los jefes. No importa. Es el arte de la cuchara lo que nos va a salvar. Cavar más hondo, y no decírselo a nadie."
"Viajó. Conoció la melancolía de los barcos, el despertar helado bajo las lonas de las tiendas, el aturdimiento de los paisajes y de las ruinas, la amargura de las amistades recientes e interrumpidas.
Regresó. Frecuentó el mundo, tuvo aún otros amores. Pero el recuerdo del primero los volvía insípidos; además, la vehemencia del deseo, la flor misma de la sensación, se había perdido. Las ambiciones de su espíritu también habían disminuido. Los años pasaron; y soportó el peso de su inteligencia y la inercia de su corazón."
Más allá de que su carrera comenzara a los cinco años, protagonizara el mejor videoclip hasta la fecha, sea suyo el vinilo más vendido de la historia, en su día abriera la MTV a los negros, se le considerara el rey del Pop, fuera imitado, parodiado y criticado por medio mundo; o que en su momento se convirtiera en un personaje esperpéntico, una caricatura desteñida que dormía con niños y se levantaba 'mojao' en los juzgados... Más allá de todo esto, repito, lo que realmente sentí cuando me comunicaron la noticia de su muerte fue que con él se iba una parte importante de mi vida; desaparecía la banda sonora de un tiempo que jamás volverá. Y eso, duele.
Aquí debajo, la canción 'Smile'. No es de las mejores de él, pero es la que, a través del hilo musical de la clínica, sonaba en el instante en que se abrió la puerta de la sala de espera y me presentaron a mi primer hijo.
Lo dicho, hemos perdido un trocito de nuestra historia.
"Aleluya. El tiempo pasa y yo sigo viviendo, con los dolores y las ausencias de siempre pero sigo viviendo. Con la suerte y la muerte a la vista, con las golondrinas y los buitres, con el alma en pena y la cordura casi loca, con las cenizas del olvido y el pan duro de las promesas. Pero sigo viviendo.
Aleluya. En alguna rara ocasión mi soledad se llena de prójimas y mis brazos abrazan y abrasan. Mi memoria viaja de noche en noche; mis jardines, de amanecer en amanecer. De todos los puentes cruzo el más frágil: el que une tu desolación con mi consuelo, y mi consuelo con tu desolación, Acaricio los pinos antes de que en el próximo vendaval besen el suelo.
Aleluya. Cuando encuentre la verdad aún estaré a tiempo para llevar mi infancia conmigo y clavarla luego como un afiche en la pared de la cocina. Nos vamos para volver; volvemos para irnos de nuevo. El tiempo es un viaje de escalas infinitas donde aprendemos y enseñamos algo.
Aleluya. Piso tantos umbrales que los pies desnudos me arden. Desde esos umbrales imagino el infierno, pero de pronto recuerdo (aleluya x 2) que soy ateo, tanto de Dios como del diablo.
Vivir aquí, en los arrabales del universo, no está tan mal. Dos por tres vienen pájaros curiosos, con su experiencia del espacio, y acaban colgándose en un crepúsculo de árboles. Crecimos en un exilio de la esperanza, sin advertir que era un exilio de la nada.
Aleluya. La nada también puede ser todo y los otros también pueden ser nosotros. Si la tristeza nos empapa con su lluvia, digamos aleluya aleluya, primero despacito y luego en alarido, para que al fin nos encierren, así sea medio por az."
He aquí un tranvía recorriendo una ciudad. ¿Qué ciudad? Pues, digamos que es la Barcelona de 1908, aunque podría ser también la tuya. Porque lo que tiene de hipnótico este paseo, viendo a este tranvía que ya no existe, circulando por unas calles casi irreconocibles, abriéndose paso entre un gentío rescatado de un álbum de fotos familiar lleno de polvo (alguno de esos críos puede ser mi abuelo, o el tuyo), es el hecho de que es un paseo colectivo por la nostalgia de un tiempo que no llegamos a conocer. Y, como dice Joaquín Sabina: "No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió". Al menos, en nuestra memoria.
(Paseo de Gracia > Calle Salmerón (Gran de Gracia) > Plaza Lesseps > Av. Rep. Argentina > Calle Graywinckel)
Con la llegada, en la segunda década del siglo XX, del comunismo a Mongolia, se suprimieron los apellidos para destruir el sistema de clanes, la aristocracia hereditaria y la estructura de clases del país. Setenta años después, con la caída de los comunistas, esta absurda medida se abolió y una gran mayoría de mongoles tuvieron que elegir un nuevo apellido. Muchos decidieron adoptar "Sansar" que en su idioma significa Cosmos.