Alguien que escribe como los ángeles (aunque, a veces, sea un poco lerda) y que, por lo visto, echa de menos mis relatos en el blog, me manda un privado a través de La Coctelera con tres enlaces a tres fotos y el siguiente comentario: "tienes 3 fotos, elige la que te de la gana y escribe un relatito sobre ella. De paso así ya tienes la foto para ponerle al post!".
Después de leer el recado, entrecruzo los dedos de las manos detrás de la nuca y dejo escapar un suspiro. Mientras me balanceo en el sillón del despacho, repito casi en un murmullo, las sílabas de la palabrita, como escanciándolas. Lo hago varias veces, 're-la-ti-to', y pienso que muy bien ese alguien podría haber anotado 'relato corto' o 'micro-relato' en vez de 'relatito', pero me doy cuenta de que no habría sido lo mismo. Hay sufijos que, sin querer, endulzan las palabras de las que cuelgan, que a su vez sazonan con cariño las frases a las que pertenecen, que a su vez iluminan una sonrisa al que las recibe. Y ésta, es una de ellas.
Entonces, mientras escucho a Joan Osborne en el reproductor de windows pulso sobre el primer enlace y se abre una instantánea en blanco y negro donde se observa a una madre dándole el pecho a su hijo. La mujer tiene la mirada en alto, hacia algún lugar que está fuera del encuadre de la cámara y pienso que debe ser algo llamativo ya que dos de los niños que están a su alrededor también otean en la misma dirección. La examino con más detenimiento y me doy cuenta de que tiene los ojos entornados debido al reflejo del sol, lo que provoca que sus pómulos suban y muestren una boca de la que sobresalen unos dientes blanquísimos, extrañamente sanos. Intuyo que, a pesar de las arrugas que perfilan la frente, el cuello nervado, la piel curtida y el pecho caído, todavía no debe haber llegado a la treintena. El chiquillo rubio que sostiene en sus brazos chupetea de la gran aureola entretanto que descansa su manita sobre el seno maternal.
La foto es famosa, lo sé. Recuerdo haberla visto en alguna parte, en algún momento, pero no consigo identificarla. Mi cultura conocida es diminuta comparada con la materia oscura que conforma mi ignorancia, así que decido investigar y tras un par de clics por google encuentro que pertenece al fotógrafo de la agencia Magnum David "Chim" Seymour y que está fechada en la Extremadura de 1936. Al mismo tiempo, descubro que lo que la madre contempla expectante, mientras alimenta a la criatura, es a un orador en un mitin sobre reparto de tierras, unos meses antes de que estalle la guerra civil.
Ya, con los nuevos datos, vuelvo a mirar la fotografía y leo lo siguiente:
"Erase una vez la miseria del mundo que durante un segundo fue iluminada por un rayo de esperanza mientras amamantaba el futuro, poco antes de que la sórdida realidad ocupara el espacio de la metáfora y ese instante bucólico acabara viajando en forma de postal por libros de arte y revistas de moda y teles públicas y webs conocidas y blogs anónimos y la memoria, sí, la memoria... Pero, sobretodo, la desmemoria."
El mes pasado fui a una tienda Ikea a comprar una sartén y, al pasar no recuerdo bien si por la sección de iluminación o la infantil, me encontré con un estante lleno de lámparas maravillosas. Que, la verdad, nunca he acabado de entender que las llamen lámparas cuando se ve tan claro que son teteras. El caso es que, aunque no sea muy creyente, decidí llevarme una a mi piso, por si acaso. Ya en la cocina, mientras preparaba una tortilla de patatas con cebolla en la nueva sartén, froté la lámpara con cierta determinación (tal y como indicaban las instrucciones) y enseguida apareció un genio hablándome en sueco (eso sí, subtítulado), diciéndome que me concedía un único deseo, por no se qué de la crisis. Puestos a pedir y como no había limitaciones (excepto lo de revivir un muerto y esas cosas), le dije que mi deseo era que se cumplieran todos y cada uno de mis futuros sueños. Entonces el genio frunció un poco el ceño, luego se estiró la punta del bigote pensativo y finalmente me lanzó un conjuro. Con un extraño movimiento de manos, ¡pluff!, se esfumó por el extractor. Después de cenar, como es costumbre en mí, bajé la basura y aproveché también para tirar, ahora que ya estaba vacía, la tetera maravillosa en el contenedor de reciclaje que hay en mi calle. Al principio la cosa pintaba bien. Me iba a dormir, tenía un sueño y a la mañana siguiente inexorablemente se cumplía. Si soñaba que era millonario, me despertaba en una mansión con piscina olímpica; si soñaba que era un banquero arruinado por los activos tóxicos, me despertaba con un plan de rescate del gobierno. Lo curioso del caso es que los sueños hechos realidad me duran un sólo día, hasta que el siguiente reemplaza al anterior. De ese modo, no tengo tiempo de aburrirme, tampoco de apegarme. Así, por ejemplo, en todo este tiempo he podido ser cirujano plástico, capitán de fragata, un adiestrador de grillos con programa de TV propio, un calamar gigante y el vocalista de Marilyn Manson. ¡Ah!, se me olvidaba mencionar que, por mucho que lo intento, no puedo decidir qué sueño y qué no. Aparte de eso, la verdad es que tiene su gracia. El problema (porque siempre tiene que haber un problema en todo) ha venido cuando hace cuatro noches comencé a soñar que me olvidaba de tu nombre y rápidamente, antes de que se acabara el sueño, me desvelé. Ahora me angustia volver a dormirme y que se complete el sueño, así que he probado de volver a Ikea, a por otra lámpara y deshacer el deseo, pero me dicen que están agotadas, por la dichosa crisis, y no sé cuánto tiempo más voy a poder aguantar despierto.
Hacía un buen rato que esperaba en la carretera a que un coche me recogiera. La vida de un mochilero tiene estas cosas. A veces tienes la suerte de que te coja el primero y otras te toca esperar horas y horas. Al final paró un Audi de gama alta. Un A8 gris oscuro nuevecito. El conductor, un hombre de mediana edad con camisa y corbata de marca, bajó la ventanilla del acompañante y, sin preguntarme hacia donde me dirigía, me invitó a subir. Dudé unos instantes. Lo habitual es que me monte en otro tipo de vehículos digamos más populares. Pero como el tipo parecía buena gente, no sospeché nada, metí la mochila en la parte de atrás y me acomodé delante. Nos pusimos a charlar y enseguida nos dimos cuenta de que éramos el reverso del otro. Si yo estaba soltero, él casado y con dos hijos; si él era un directivo de una gran multinacional, yo un aventurero sin oficio ni beneficio; si yo había abandonado la universidad antes de acabar el segundo año, él tenía una colección de másters que cubría una pared entera del despacho; si él no tenía tiempo para casi nada, a mí me sobraba a espuertas; si yo huía, él regresaba... En estas, paramos en una gasolinera a repostar y con la excusa de que se sentía cansado (me dijo que llevaba desde el día anterior al volante), me preguntó si no me importaría conducir mientras él echaba una cabezadita. Le dije que no había problema, claro. No me dio indicaciones pero, por alguna extraña razón, tomé la carretera con la seguridad de quién sabe hacia dónde dirigirse, aunque el destino sea incierto. Un par de horas y cientos de kilómetros después se despertó y oteando el horizonte me indicó que parara en el siguiente cruce, donde se bajó, cargó con mi mochila y se despidió agradecido sin darme tiempo a reaccionar. Un tanto perplejo, lo vi haciendo dedo unos metros más allá y luego cómo se subía a una furgoneta vieja camino de no sé dónde. Aún confundido, reanudé la marcha y al poco me llamaron de la oficina para saber si me pasaría, a lo que contesté que no, pues ya se había hecho tarde y había quedado con mi mujer para cenar en un restaurante de moda. Es nuestro décimo aniversario, le dije a mi secretaria antes de colgar y darme cuenta, demasiado tarde, de que la realidad en realidad siempre tiene algo de surrealista.
El viernes pasado, casi de madrugada, volvía borracho como una cuba después de salir con los amigotes cuando, al llegar a casa, me equivoqué de piso. En cierto modo, fue comprensible. Además del pedal que llevaba encima, en mi descargo debo decir que hacía sólo un mes que llevaba viviendo en el edificio, lugar donde había caído después de separarme de mi mujer. La cuestión es que, en vez del 2º3ª, que es donde vivo actualmente, traté de abrir la puerta del 3º2ª (no puedo evitarlo, soy disléxico por parte de bisabuela). Después de varios intentos infructuosos con la llave primero y con el mando a distancia de la tele después (no me preguntéis el porqué, pero el caso es que apareció en uno de los bolsillos de la chaqueta), y cuando ya sopesaba dormir acurrucado en el rellano, la puerta se abrió de golpe y una mujer que no había visto en mi vida se plantó frente a mí con los brazos en jarra. Del sobresalto retrocedí dos pasos, trastabillé y me caí de culo. -¿No te da vergüenza, Manuel Ignacio? -me espetó indignada-. Anda, haz el favor de entrar antes de que algún vecino salga y te vea con esas pintas. Y siguió lanzándome improperios mientras me ayudaba de mala manera a levantarme y era empujado al interior sin mayores contemplaciones. Lo curioso es que en realidad me llamo Manuel Ignacio, aunque todos me llaman Manu o Nacho, según sea mes par o impar. En cambio, mi ex solía llamarme Manucho, pero esa es otra historia que en estos momentos prefiero no recordar. Una vez dentro, me acompañó (aunque sería mejor decir arrastró) con cierta brusquedad hasta el dormitorio del fondo. De camino creí ver por el rabillo del ojo, una foto de estudio colgada de la pared del pasillo y me sorprendió comprobar que éramos familia numerosa. En realidad, más que numerosa, pues pude contar hasta siete niños y un loro; yo, que soy estéril desde los quince años cuando sufrí aquellas horribles paperas. ¿Quién te lo iba a decir, eh, Manucho? Pero, lo cierto es que me hizo ilusión, para qué negarlo. Y, como nunca me ha gustado discutir (esa fue una de las dos razones que me dio mi mujer para dejarme, la otra fue las horas que pasaba frente a la tele), acepté con cierto agrado poco disimulado que la vecina-parienta me desnudara, me pusiera el pijama y me metiera en la cama que, por cierto, era mucho más grande y cómoda que la que tengo. Pensé en hacerle el amor (de perdidos al río), pero mi timidez enfermiza y, por supuesto, la susodicha taja hicieron que a los pocos segundos durmiera como un bendito. Al mediodía, como siempre que salía de juerga, me desperté con la boca reseca y una sensación de vacío en el estómago. Mientras trataba de abrir los ojos sin que me estallara la cabeza en el intento, me di cuenta de que seguía agarrando el mando a distancia. Así que hice lo que hubiera hecho cualquiera en mi lugar.
Es viernes, pero eso es lo de menos. Como siempre, llego a casa a las tres y me preparo la comida: caliento unos macarrones con tomate y frío un bistec sazonado con salsa a la pimienta. Para beber, una Grimgbergen. Hoy el día lo merece. Tengo el tiempo justo, así que me lo zampo rápido y me tomo un cortado.
Luego me ducho, afeito y visto. Tejanos, una camiseta vistosa y el nuevo abrigo negro con capucha. Bajo andando hasta la estación y por el camino veo el zapatito perdido de un bebé encima de la jardinera de un parque. ¿Será una señal? El zapato es de color marrón con unas flores bordadas de color rosa. En la estación tengo el tiempo justo de comprar el billete, validarlo y subirme al tren de la vía 4, con destino Barcelona. Mientras se van sucediendo las estaciones, me entretengo mirando por el ventanal del vagón. Siempre que voy en tren, me cuesta diferenciar si soy yo o es el paisaje el que se mueve. Entonces es cuando me mareo y cierro los ojos.
Cuando bajo en Plaza Catalunya, me uno al gentío que a esa hora (¿a qué hora no?) llena el andén. Arriba, el cielo se ha cubierto de nubes oscuras aunque es poco probable que llueva. Al cruzar la plaza, me encuentro con las sempiternas palomas en busca de turistas que les tiren cañamones. Me paro frente a una que no es como las otras. A esta la han grafiteado con spray de colores y ahora parece un cuadro de Miró con patas. Joder, qué horror.
Enfilo el Portal de l’Àngel y rebaso por la derecha a una pequeña multitud que hace coro alrededor de un grupo de hip-hoperos bailando al ritmo de una música estridente mientras giran como peonzas con las manos en el suelo. A las puertas de El Corte Inglés veo el cartel anunciándolo. Me detengo y le hago una foto con el móvil para el recuerdo. Arriba, en la sexta planta, en una sala pequeñita junto a la cafetería, esperan los demás. Casi cincuenta aspirantes a escritor que la editorial ha convocado a las siete para la presentación del libro, un libro de relatos, de relatos nuestros. Y, con muchos de nosotros, la familia y algún que otro amigo, claro. En pocos minutos ya no quedan sillas libres.
Los oradores llegan con bastante puntualidad. Al presentarlos, se hace especial mención a los premios literarios que han ganado hasta el momento. Inmediatamente suena un gong imaginario en mi cabeza y comienzan una especie de debate entre ellos. "Que si el cuento no es un género menor, que si la novela esta sobrevalorada." Mmm, me empiezo a aburrir y hace calor. El catarro que arrastro desde el lunes tampoco ayuda.
A la media hora deciden que se lea alguno de los cuentos que incluye el libro. Escucho mi nombre y el título del cuento (el que lo abre). Me sobresalto y durante un instante imagino que me van a pedir que sea yo el que lo lea (yo, que soy muy tímido y, además, tengo pánico escénico), pero se levanta un compañero de la primera fila que tiene voz de barítono. Mejor. La sala se queda en silencio mientras oigo, no sin cierta perplejidad, como se van sucediendo, en boca de otro, las frases que tan familiares me resultan. Al acabar, la gente se ríe un poco y aplaude (¿al lector, al autor o al cuento? Decido que me da igual). Como diría Andy Warhol, estoy contento con mis zapatos nuevos.
Después, se leen un par de relatos más y, antes de acabar el acto, nos hacemos una foto de grupo. Momento que aprovecho para saludar a un par de conocidos y me despido del editor, quien me asegura que en una semana recibiré un ejemplar gratuito en casa. Al salir, mi mujer me dice que no puede esperar y lo compra. 15 euros.
Ya de vuelta en el tren, mecido en el traqueteo, voy hojeando el libro. Al releer los tres cuentos que he escrito, repartidos entre las 300 páginas, no puedo dejar de tener la misma sensación de extrañeza que cuando observo el paisaje a través del ventanal. No sé si son las páginas las que pasan ante mí o soy yo el que paso por entre ellas.
Ya sé que no es nada del otro mundo, pero siento como si hubiese conseguido una pequeña victoria.
Desde que, un mes atrás y sin previo aviso, mi mujer me abandonó, la existencia se había convertido poco a poco en un deambular sin sentido, una mera fachada de lo que había sido hasta entonces. No lo comprendía, la verdad. Con lo bien que nos iba todo. Ella con sus cosas, su trabajo, sus hobbies, su amante..., y yo con las mías, por supuesto. Y, lo peor es que se fue sin dejar ni una triste nota de despedida. Aún ahora, después de un mes, todavía oigo su cálida voz pronunciando mi nombre cuando me suelo atusar la camisa frente al espejo del tocador y mientras le echo una mirada fugaz a la casita de muñecas de porcelana que le regalé de nuestro primer viaje a París. En fin. La vida tiene estas cosas y otras peores, ¿no? El caso es que esta mañana me ha ocurrido algo todavía más insólito, si cabe. Recíen salido de la ducha, al secarme con la toalla, he notado a la altura de la cintura que la piel se cuarteaba como un pergamino viejo. De manera institiva, me he curvado hacia adelante para ver cómo una grieta anatómica que comenzaba por el ombligo, a poco que estiraba, se iba extendiendo en paralelo sin mucho esfuerzo de manera sísmica hacia mis antípodas. Me he asustado, claro. ¿Quién no se asustaría con algo así? Lo extraño del caso es que no sentía dolor alguno. Mi cuerpo se desgarraba en dos pero no notaba nada más que un ligero cosquilleo, como cuando te arrancas un pedazo de piel después de un largo día de playa sin crema protectora. Y, lo más extraordinario del caso es que tampoco sangraba. ¿Estaría soñando? Después de unos momentos de indecisión, he dejado la toalla a un lado y, haciendo cuña con los dedos de las manos, he ido separando despacio mi parte superior de la inferior y, para mi sorpresa, la carne cedía con cierta facilidad pasmosa y al poco he podido confirmar, como nos temíamos, que en el interior abrigamos otras pieles, otros ombligos, otros sujetos en definitiva, idénticos a los que vemos y tocamos cada día pero ligeramente más pequeños, más insignificantes. En ese momento me he acordado de esas muñecas rusas, las matrioskas, que son todas ellas huecas por dentro de tal manera que en su interior albergan una nueva muñeca, y ésta a su vez otra y otra y otra... hasta que al final aparece un ser minúsculo, casi invisible, que es al mismo tiempo, su esencia y su fin. Como el corazón de una manzana. Sin saber muy bien qué hacer, he recogido el forro de mi cuerpo que yacía flácido y apático en el suelo del baño, como un vulgar traje de neopreno, y me lo he llevado a la habitación donde lo he extendido sobre la cama. Allí estaba lo que había sido yo hasta unos instantes antes: Una mera fachada, sin duda. ¿No somos eso la mayoría del tiempo? Pero, como la visión de mi propia cubierta inanimada me producía escalofríos, he decidido ocultarla en el fondo del armario, que es donde habitan los monstruos propios, colgándola de una percha junto al esmoquin que llevé el día de mi boda. Luego, subido a la cama, me he examinado frente al espejo a fin de comprobar que todo seguía en orden. Es decir, en su sitio, que no es poco. Y seguía, con la única salvedad que todo mi ser había disminuido en la misma proporción que ganaba en profundidad. Entonces, al mirar con más detalle, he vuelto a ver, vaya por Dios, otra fisura en el ombligo recién estrenado. Presionando de nuevo, un instante después, tenía otra cubierta de mi ser desparramada sobre la cama e igual de fofa e inexpresiva que la anterior. Lo que me faltaba, he pensado. Primero me deja mi mujer y ahora resulta que me pelo como una cebolla. Pero, como tampoco tenía nada mejor qué hacer (era domingo, cuando solíamos salir juntos a pasear de la mano por el barrio), he vuelto a estirar del ombligo y al otro poco tenía otra funda orgánica junto a la anterior. Y ya iban tres. Al cabo de media hora eran veinticuatro las envolturas y mi tamaño era el de un dedal casi microscópico. Con tanto trajín de pieles me ha entrado mucha hambre (un hambre atroz dentro de la minusculosidad que era, pero hambre al fin y al cabo). Así que he descendido en tobogán por un trozo de sábana que llegaba hasta el suelo y, como si fuera Marco Polo camino de la China, he emprendido la travesía a la cocina, aunque no he llegado a salir de la habitación. Una voz familiar, proveniente de las alturas de la casita de muñecas de porcelana me ha hecho ver, ¿así que era eso, cariño?, que la distancia más corta entre dos puntos es un atajo.
Esta mañana, en la cafetería del centro donde trabajo, me disponía a pagar el café con leche descafeinado de sobre y el donut de cada día cuando por el rabillo del ojo izquierdo he visto acercarse una mancha voladora y oscura. Al principio he pensado que se trataba de una de esas moscas volantes que se suelen tener en el interior del ojo. Miodesopsias creo que las llaman. Menudo palabro, ¿no? El caso es que empiezo a pensar que copulan con bastante frecuencia entre ellas. Las moscas voladoras, digo. Porque comencé de crío con un par de ellas y ahora ya son familia numerosa, como si fueran moscas del Opus Dei, vaya. Recuerdo que las dos primeras aparecieron a la vez, una al lado de la otra, y que dediqué toda una tarde de un domingo de mi infancia a perseguirlas por el espacio visual. Era como jugar al gato y al ratón. Bastaba con que les echara el ojo para que las dos levantaran el vuelo al unísono y huyeran en diagonal, de derecha a izquierda o viceversa, intentando escapar de mi mirada insecticida. Estar, estaban, porque las veía. Tengo buen rabillo. Pero al final me cansé del juego, las acabé aceptando como si se tratara de un vicio mio cualquiera, y entonces... dejé de verlas. Es lo que tienen los vicios. Por un lado nos repugnan pero al mismo tiempo nos atraen. Y los escondemos, claro. A ver, no es que tenga muchos vicios. Los justos. Me imagino que como todo el mundo, aunque es algo que no puedo certificar. Más que nada porque la gente no va explicando por ahí sus vicios. Al menos los más oscuros. ¿Vosotros explicáis vuestros vicios más oscuros? ¿A qué no? Yo tampoco. Y es una pena, la verdad. Más que nada porque así sería relativamente fácil comparar los vicios propios con los vicios de los demás y ver si entramos en la media, que ayudar pienso que no ayuda mucho pero siempre tranquiliza. En todo caso, como digo, tengo pocos vicios y uno de ellos es desayunar café con leche descafeinado de sobre y un donut en la cafetería del centro donde trabajo. Lo hago desde que llegué hará ya un par de semanas bien largas. Por cierto que un día se habían acabado los donuts y no tuve más remedio que pedir una caña rellena de cabello de ángel. Pero no fue lo mismo. En fin.
Como decía, estaba por pagar cuando "algo" volador y oscuro ha cruzado frente a mí (incluso he tenido que echar la cabeza un poco hacia atrás para que no me golpeara) y ha acabado aterrizando junto a medio bocadillo de chistorra, que alguien con prisas (o con poca hambre) acababa de dejar en la barra.
"¡Es un pájaro, es un pájaro!", ha gritado excitado otro alguien desde una mesa. No sé porqué pero siempre hay alguien al que le excita sobremanera los pájaros intempestivos. Otro vicio cualquiera, me imagino.
Y, en efecto, parecía tratarse de una cría de ruiseñor azul, aunque esto último no puedo asegurarlo, la verdad, porque entre otras cosas tengo tanta idea de ornitología como el Papa de planificación familiar.
Pero he querido pensar que era un ruiseñor, un ruiseñor azul como en K-Pax, que venía a decirme que los sueños, a fuerza de desearlos con mucha, mucha intensidad acaban por convertirse en vicios.
Después ha venido una compañera y lo ha metido en una cajita de cartón junto con un trozo de pan humedecido en agua y se lo ha llevado a su mesa. Durante el resto de la mañana, entre fotocopia y fotocopia, oíamos como el polluelo se movía angustiado por su interior y, de tanto en tanto, picoteaba con cierta desesperación la tapa. Hasta que al mediodía, sin avisar, se ha muerto.
"Es lo que tienen los pájaros", ha dicho mi compañera un poco compungida. Y los sueños, he pensado yo. Que ni los unos ni los otros pueden vivir en la oscuridad de una cajita de cartón.
Sólo los vicios pueden. ¿A que sí?
Conocí a Superman en una reunión de Alcohólicos Anónimos. Aunque entonces no me dijo que era Superman, claro.
-Me llamo Carlos Kemp -me dijo estrechándome efusivamente la mano-. Una prima mía presentaba el Un, dos, tres... hace la tira de años. ¿Te suena?
-Algo.
Era un tipo bastante anodino, como todos los que estábamos allí. Metro sesenta y poco, cincuentón de barriga generosa y casi calvo si exceptuamos una veta de pelo como el césped que le serpenteaba la parte posterior de la cabeza. La mayoría de veces, solía vestir camisa a cuadros, pantalones de pana marrones y unas náuticas. A simple vista, tenía más pinta de leñador jubilado que de guardián del bien mundial. Qué cosas.
-Al principio, cuando comencé a perder pelo, me compraba peluquines, peluquines de los caros, no te pienses -me dijo un día, cuando ya me había confesado su secreto y algún que otro más-. Pero, a la que me echaba a volar salían despedidos por la fuerza del viento. No hacen peluquines preparados para soportar velocidades Mach 3, ¿sabes? Este mundo vuestro es bastante bisoño en según qué aspectos, no te ofendas.
No me ofendía. Había sido mi héroe de la infancia.
Nuestras charlas, en cierta manera, se habían convertido en un ritual todos los viernes por la noche. Al salir de las reuniones de "Algo Alcohólicos", como las llamábamos en tono de broma, nos dirigíamos al bar de enfrente. Era nuestro particular exorcismo después de haber vomitado nuestras miserias en la sala de Bienestar Social del Ayuntamiento, donde solíamos asistir de media diez o doce borrachos, con suerte quince.
-¿Otra ronda, Súper?
-Bueno, pero esta la pago yo.
-Vale.
-¡Camarera! Dos cervezas, por favor.
Era extremadamente educado. Y, también, con buen sentido del humor. No perdía la ocasión de contarme chistes sobre él.
-¿Sabes el de la Mujer Maravillas?
-Me parece que no -mentí.
-Bien -me dijo dando un buen sorbo-. Es uno de mis preferidos. Te cuento.
"Llevaba más de seis meses en mi refugio del Polo Norte, trabajando en un remedio para arreglar lo de la capa de ozono cuando, por fin, di con la solución. Estaba más feliz que unas maracas pero a la vez muy cansado. No había sido fácil. Tanto tiempo allí encerrado, sin nadie con quien hablar, sin estar con una mujer... Ya me entiendes, ¿no? Así que, para celebrarlo, decidí salir a dar un par de vueltas por la estratosfera a ver si pillaba cacho. Di vueltas y vueltas y más vueltas y, en eso que, mientras sobrevolaba Manhattan, en la azotea de uno de los edificios, veo a la Mujer Maravillas en pelota picada y en una tumbona boca arriba, moviéndose de manera muy sensual.
La Mari (en el círculo de los superhéroes la llamamos así, la Mari) es una pedazo de mujer que no te la acabarías nunca. Muy atractiva pero que gasta una mala leche del copón. No se puede tenerlo todo, ¿no? En fin. El caso es que el verla me había puesto como un burro. Pero no me atrevía a cortejarla. La última vez que nos vimos, no acabamos muy bien, la verdad. Así que, allí estaba yo, volando en círculos como un buitre y pensando cómo podría echarle un kiki sin salir excesivamente perjudicado.
¡Joder, tío!, entonces me acordé de mi supervelocidad. ¡Ya lo tengo!, me dije. Me lanzo en barrena, me la cepillo y vuelvo arriba sin tiempo a que se dé cuenta de lo que ha pasado. Un plan excelente, ¿no?
Dicho y hecho.
Bajé como el rayo, ¡zas!, le di un buen meneo ¡zas! y volví a subir ¡zas, zas!. Todo en menos de una milésima de segundo. Sin tiempo de reacción.
Entonces veo que la Mari se levanta de un salto toda alborozada y exclama:
-¡Hostias, qué coño ha sido eso!
Y, en estas que oigo al hombre invisible que le contesta:
-Ni idea, Mari. Pero tengo el ojete reventado."
Un buen tipo el Súper. Hace tiempo que ya no le veo. Tuve que dejar de ir a las reuniones porque me estaban machacando el hígado.
Con la llegada, en la segunda década del siglo XX, del comunismo a Mongolia, se suprimieron los apellidos para destruir el sistema de clanes, la aristocracia hereditaria y la estructura de clases del país. Setenta años después, con la caída de los comunistas, esta absurda medida se abolió y una gran mayoría de mongoles tuvieron que elegir un nuevo apellido. Muchos decidieron adoptar "Sansar" que en su idioma significa Cosmos.