"Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, comenzaré a ser feliz desde las tres. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto; ¡descubriré el precio de la felicidad! Pero si vienes a cualquier hora, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón…" — El Principito de Antoine de Saint-Exupéry.
Thomas Lynch es un poeta, ensayista y enterrador estadounidense. Además de poesía, en 1996 publicó un ensayo "El enterrador", el libro que leo estos días, y que ganó diversos premios (se cuenta, que el creador de la serie "A dos metros bajo tierra", Allan Ball, se inspiró en él).
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Lo que sigue es un fragmento del libro:
<< […] el sacerdote que me casó con la hija de esta mujer -uno hombre que apreciaba el golf, los copones de oro y las vestiduras de lino irlandés; un hombre que conducía un magnífico automóvil negro con tapicería vino tinto y que mantenía los ojos puestos sobre el cargo del cardenal-, ese mismo hombre, un día, cuando salía del cementerio, se sintió llamado a darme estas instrucciones: "Nada de ataúd de bronce para mí. ¡No señor! Nada de orquídeas ni rosas ni limusinas. Lo que quiero es una caja sencilla de pino, una misa rezada y la tumba del pobre. No quiero pompa ni solemnidad".
Quería, explicó, ser un ejemplo de simpleza, de prudencia, de piedad y austeridad, virtudes todas muy sacerdotales y, al parecer, muy cristianas. Cuando le dije que no tenía que esperar, que podía empezar su ministerio del buen ejemplo hoy mismo, que podía abandonar el club campestre y hacer sus tiros en el campo de golf público y cambiar su cupé por un Chevette usado; que liberado de sus zapatos de marca y cachemires y comidas refinadas, liberado de sus noches de bingo y de sus fondos en la construcción, podía convertirse, por el amor de Cristo, en la encarnación misma del propio Francisco o Antonio de Padua; cuando le dije que estaba dispuesto a ayudarlo en esto de verdad, que con gusto distribuiría sus ahorros y tarjetas de crédito entre los pobres con méritos de la parroquia, y que, cuando el triste deber me llamara, lo enterraría gratis a la manera en que, para ese entonces, estaría acostumbrado; cuando le dije al hombre estas cosas, no respondió absolutamente nada, sino que fijó sus ojos enfurecidos sobre mí […] >>
“Cuando la autodestrucción entra en el corazón, al principio parece un grano de arena. Es como una jaqueca, una indigestión leve, como un dedo infectado; pero pierdes el tren de las ocho y veinte y llegas tarde para solicitar un aumento. El viejo amigo con quien vas a comer de repente agota tu paciencia y para mostrarte amable te tomas tres copas, pero el día ya ha perdido forma, sentido y significado. Para recuperar cierto propósito y belleza bebes demasiado en las fiestas y te propasas con la mujer de otro, acabas por hacer algo tonto y obsceno y a la mañana siguiente desearías estar muerto. Pero cuando tratas de repasar el camino que te ha conducido a este abismo sólo encuentras un grano de arena...”
"El joven viajaba solo, a su gusto, con una única maleta como equipaje. No tenía un destino. Se subía al tren, viajaba y, cuando encontraba un lugar que le atraía, se apeaba. Buscaba alojamiento, visitaba el pueblo y permanecía allí cuanto quería. Si se hartaba, volvía a subirse al tren. Así era como pasaba siempre sus vacaciones.
Desde la ventana del tren se veía un hermoso río serpenteante, a lo largo del cual se extendían elegantes colinas verdes. En la falda de aquellas colinas había un pueblecillo en el que se respiraba un ambiente de calma. Tenía un viejo puente de piedra. Aquel paisaje lo cautivó. Allí quizá podría probar deliciosos platos de trucha de arroyo. Cuando el tren se detuvo en la estación, el joven se apeó con su maleta. Ningún otro pasajero se bajó allí. El tren partió inmediatamente después de que se hubiera bajado.
En la estación no había empleados. Debía ser una estación poco transitada. El joven atravesó el puente de piedra y caminó hasta el pueblo. Estaba completamente en silencio. No se veía a nadie. Todos los comercios tenían las persianas bajadas y en el ayuntamiento no había ni un alma. En la recepción del único hotel del pueblo tampoco había nadie. Llamó al timbre, pero nadie acudió. Parecía un pueblo deshabitado. A lo mejor todos estaban echando la siesta. Pero todavía eran las diez y media de la mañana. Demasiado temprano para echar una siesta. O quizá, por algun motivo, la gente había abandonado el pueblo y se había marchado. En cualquier caso, hasta la mañana siguiente no llegaría el próximo tren, así que no le quedaba más remedio que pasar allí la noche. Para matar el tiempo, se paseó por el pueblo sin rumbo fijo.
Pero en realidad aquél era el pueblo de los gatos. Cuando el sol se ponía, numerosos gatos atravesaban el puente de piedra y acudían a la ciudad. Gatos de diferentes tamaños y diferentes especies. Aunque más grandes que un gato normal, seguían siendo gatos. Sorprendido al ver aquello, el joven subió deprisa al campanario que había en medio del pueblo y se escondió. Como si fuera algo rutinario, los gatos abrieron las persianas de las tiendas, o se sentaron delante de los escritorios del ayuntamiento, y cada uno empezó su trabajo. Al cabo de un rato, un grupo aún más numeroso de gatos atravesó el puente y fue a la ciudad. Unos entraban en los comercios y hacían la compra, iban al ayuntamiento y despachaban papeleo burocrático o comían en el restaurante del hotel. Otros bebían cerveza en las tabernas y cantaban alegres canciones gatunas. Unos tocaban el acordeón y otros bailaban al compás. Al poseer visión nocturna, apenas necesitaban luz, pero gracias a que aquella noche la luna llena iluminaba hasta el último rincón del pueblo, el joven pudo observarlo todo desde lo alto del campanario. Cerca del amanecer, los gatos cerraron las tiendas, ultimaron sus respectivos trabajos y ocupaciones y fueron regresando a su lugar de origen atravesando el puente.
Al amanecer los gatos ya se habían ido y el pueblo se había quedado desierto de nuevo, entonces el joven bajó, se metió en una cama del hotel y durmió todo cuanto quiso. Cuando le entró el hambre, se comió el pan y el pescado que habían sobrado en la cocina del hotel. Luego, cuando a su alrededor todo empezó a oscurecer, volvió a esconderse en lo alto del campanario y observó hasta el albor el comportamiento de los gatos. El tren paraba en la estación antes del mediodía y antes del atardecer. Si se subía en el de la mañana, podría continuar su viaje, y si se subía en el de la tarde, podría regresar al lugar del que procedía. Ningún pasajero se apeaba ni nadie cogía el tren en aquella estación. Y sin embargo el ferrocarril siempre se detenía cumplidamente y partía un minuto después. Por lo tanto, si así lo deseara, podría subirse al tren y abandonar el pueblo de los gatos en cualquier momento. Pero no quiso. Era joven, sentía una profunda curiosidad y estaba lleno de ambición y de ganas de vivir aventuras. Deseaba seguir observando aquel enigmático pueblo de los gatos. Quería saber, si era posible, desde cuándo habían ocupado los gatos aquel pueblo, cómo funcionaba el pueblo y qué demonios hacían ahí aquellos animales. Nadie más, aparte de él, debía haber sido testigo de aquel misterioso espectáculo.
A la tercera noche, se armó cierto revuelo en la plaza que había bajo el campanario. «¿Qué es eso ¿No os huele a humano?», soltó uno de los gatos. «Pues ahora que lo dices, últimamente tengo la impresión de que huele raro», asintió olfateando uno de ellos. «La verdad es que yo también lo he notado», añadió otro. «¡Qué raro! Porque no creo que haya venido ningún ser humano», comentó otro de los gatos. «Si, tienes razón. No es posible que un ser humano haya entrado en el pueblo de los gatos». «Pero no cabe duda de que huele a uno de ellos.»
Los gatos formaron varios grupos e inspeccionaron hasta el último rincón del pueblo, como una patrulla vecinal. Cuando se lo toman en serio, los gatos tienen un olfato excelente. No tardaron mucho en darse cuenta de que el olor procedía de lo alto del campanario. El joven oía cómo sus blandas patas subían ágilmente por las escaleras del campanario. «¡Esto es el fin!», pensó. Los gatos parecían muy excitados y enfadados por el olor a humano. Tenían las uñas grandes y aguzadas y los dientes blancos y afilados. Además, aquel era un pueblo en el que los seres humanos no debían adentrarse. No sabía qué suerte le esperaría cuando lo encontraran, pero no creía que fueran a permitirle irse de allí habiendo descubierto el secreto.
Tres de los gatos subieron hasta el campanario y se pusieron a olfatear. «¡Qué extraño!», dijo uno sacudiendo sus largos bigotes. «Aunque huele a humano, no hay nadie». «¡Sí que es raro», comentó otro. «En todo caso, aquí no hay nadie. Busquemos en otra parte».«¡Esto es de locos!». Movieron extrañados la cabeza y se fueron. Los gatos bajaron las escaleras sin hacer ruido y se esfumaron en medio de la oscuridad nocturna. El joven soltó un suspiro de alivio; a él también le parecía de locos. Los gatos y él habían estado literalmente a un palmo de distancia en un lugar angosto. No habría podido escapárseles. Y sin embargo, parecían no haberlo visto. El joven examinó sus manos. «Las estoy viendo. No me he vuelto invisible. ¡Qué raro! En cualquier caso, por la mañana iré hasta la estación y me marcharé de este pueblo en el primer tren. Quedarme aquí es demasiado peligroso. La suerte no puede durar siempre».
Pero al dia siguiente, el tren de la mañana no se detuvo en la estación. Pasó delante de sus ojos sin disminuir siquiera la velocidad. Lo mismo ocurrió con el tren de la tarde. Se veía al conductor en su asiento y los rostros de los pasajeros al lado de las ventanillas. Pero el tren no dio señales de que fuera a pararse. Era como si la silueta del joven que esperaba el tren no se reflejara en los ojos de la gente. O como si fuera la estación la que no se reflejara. Cuando el tren de la tarde desapareció a lo lejos, a su alrededor se hizo un silencio absoluto, como nunca antes había sentido. Entonces, el sol empezó a ponerse. «Va siendo hora de que los gatos aparezcan.» El joven supo que se había perdido. «Este no es el pueblo de los gatos», se dio cuenta al fin. Aquel era el lugar en el que debía perderse. Un lugar ajeno a este mundo que habían dispuesto para él. Y el tren jamás volvería a detenerse en aquella estación para llevarlo a su mundo de origen."
"Hay muchos trenes falsos. Es fácil confundirlos con los trenes auténticos. Casi todos los llaman también trenes: los revisores los ferroviarios los carteristas los viajeros casi sin excepción y hasta yo mismo cuando no quiero dar muchas explicaciones. Trenes sólo son los que parten de noche. Trenes sólo son los que llevan a ti."
Alabanza de los trenes verdaderos - Jorge Riechmann
Seguramente, si lo piensas, estos años no van a repetirse. Vivirás su carencia irremediable, se llenará de sombras tu mirada, te habitará el vacío y, con el tiempo, se destruirá tu imagen en el espejo.
Y esperarás cansado, te aseguran, muchas tardes morir en tu ventana, buscando en la memoria ese tiempo feliz, siempre perdido, esa estación dorada que tuviste y que debe ser ésta, más o menos.
"Se trata de aceptar que estamos todos encerrados en una jaula, en nuestra jaula. El carcelero pasa y nos vigila. Pero cuando se da la vuelta es el momento de sacar la cuchara y continuar haciendo nuestro agujerito, el túnel por el cual algún día vamos a escapar.
Mientras tanto fingimos o aceptamos nuestra condición de prisioneros. Pero la cuchara siempre en la mano, escondida detrás de la espalda.
Un trabajo de mierda, una vida tediosa, una familia que no se termina de despegar, los fantasmas de cada uno, tan déspotas como el peor de los jefes. No importa. Es el arte de la cuchara lo que nos va a salvar. Cavar más hondo, y no decírselo a nadie."
"Tiene los ojos cerrados y hace fuerza para no espiar y no reírse. El nene está frente a ella y la mira. Duda. Se acerca, sonríe y la besa. Inmediatamente se echa hacia atrás y se encoge de hombros, como escondiéndose en sí mismo. La nena abre los ojos y sonríe. Lo mira, se miran y se ruborizan. Pero ella no se enoja. Se ríen; primero él, después ella. Se acerca y lo besa. Se ríen, se abrazan y se besan. Veintitrés años después se cruzarán un día en la calle y no se reconocerán. Él soltero, ella divorciada; se sentarán uno al lado del otro en un colectivo verde y rojo. Pensarán en ellos, cada uno a su manera, sin siquiera recordar sus nombres. Él bajará en Colón y Neuquén, y ella seguirá hasta Pedro Zanni. Volverán a encontrarse en el Hospital de Urgencias, otros veinte años más tarde, inconscientes y desmembrados, en camillas paralelas. Morirán juntos sin siquiera sospecharlo. A partir de entonces, saldrán a jugar, a la hora de la siesta, entre los enfermos de cardiología y se besarán a escondidas, todas las noches, en un armario cerca de pediatría."
"...It's like I've waited my whole life for this one night It's gonna be me you and the dance floor 'cause we've only got one night Double your pleasure Double your fun and dance Forever (ever, ever)..."
Con la llegada, en la segunda década del siglo XX, del comunismo a Mongolia, se suprimieron los apellidos para destruir el sistema de clanes, la aristocracia hereditaria y la estructura de clases del país. Setenta años después, con la caída de los comunistas, esta absurda medida se abolió y una gran mayoría de mongoles tuvieron que elegir un nuevo apellido. Muchos decidieron adoptar "Sansar" que en su idioma significa Cosmos.